Nat

domingo, 9 de mayo de 2010


Cuando Jon despertó, Calíope hacía tiempo que se había marchado de la cama dejando su silueta fría en el colchón. Como un resorte cogió su pistola y se levantó de la cama. Rápidamente comprobó la casa cerciorándose de la ausencia de Calíope. Debía de haber salido a explorar alguno de los pisos del edificio, como le había sugerido
la noche anterior.

El olor a sexo en la habitación espoleaba como un estigma la conciencia de Jon. A las pesadillas habituales tenía que sumar ahora los remordimientos por haber traicionado a Nat. Hacía años que había dejado esta vida, pero él seguía queriéndola con locura. Había intentado conocer a otras mujeres antes, animado por sus compañeros, pero ninguna cita salió bien. Siempre las comparaba con Nat y siempre salían perdiendo. Muchas veces había intentado autoengañarse con esa frase tan típica de "ella habría querido que siguieras con tu vida...", pero nunca se había tragado esos consuelos. Lo que sí era un hecho es que tanto Nat como Sara no iban a volver. Nadie se las iba a traer sanas y salvas, es más, jamás las volvería a ver ni disfrutar de su presencia. ¿Tan malo era el hecho de haber disfrutado de una noche de sexo? Estaba claro que para su conciencia sí. Tendría que explicárselo a Calíope y aclarar lo sucedido la noche anterior. De no hacerlo podría volverse loco. Pero después de tantos años, ¿cómo podía seguir sintiéndose así? Era absurdo. Nat tenía que comprender (en el hipotético caso de que lo estuviera viendo) que sólo había sido sexo, que se sentía muy solo, tremendamente solo por no mencionar que podría morir en cualquier descuido. Con esto no trataba de justificarse, sólo de hacer más llevadera la losa de su conciencia. Probablemente el que no se perdonara la muerte de Sara, por haberse mantenido en su puesto de trabajo en vez de abandonarlo como hicieron muchos otros, no ayudaba a mejorar su estado anímico.

Firmó una tregua consigo mismo, como había hecho tantas otras veces y comenzó a preparar el desayuno. Se asomó a los miradores que tenía dispuestos para vigilancia: el día estaba nublado, ni rastro de ellos. Hoy tendría que empezar a entrenar a Calíope si quería que le acompañara en el próximo "vaciado" ya que no quedaban muchos días para preparar la siguiente mudanza. Además, quería preguntarle por su siguiente paso. Si tenía alguna idea de qué iba a hacer o de a dónde quería dirigirse.

Jon estaba preparando un desayuno casi continental, faltaban algunos ingredientes básicos pero qué le iba a hacer, cuando recordó lo que había dejado dentro de uno de los pisos con una equis negra. Ahora ya era demasiado tarde para remediarlo así que comenzó a preparar una coartada por si la necesitaba. Dudaba mucho de que Calíope entrara en ninguna vivienda marcada en negro pero por si acaso tendría que tener preparada alguna excusa.

Mientras tanto, en un piso más abajo del que se encontraba Jon, Calíope se anudó un pañuelo tapándose la boca y la nariz y se adentró en la onceava puerta. La equis que le daba la bienvenida era de color negro.

137 Sekunden

lunes, 22 de febrero de 2010


Los pasos de las deportivas de Calíope resonaban por los pasillos desiertos de lo que una vez fue su hospital. Ya llevaba un par de horas en él y se encontraba totalmente fuera de lugar. Los pasillos que antes eran familiares ahora se habían convertido en retazos de una pesadilla que jamás habría imaginado. Rastros de sangre seca señalaban las intersecciones y entraban y se perdían en los quirófanos, en las salas de espera, hasta en los despachos. Manchas de sangre adornaban las otrora asépticas paredes. Restos humanos aparecían por doquier a cada paso que daba. Esos pasos que la llevaban cada vez más cerca del paradero de su madre.

Aún llevaba la carta que su madre le había dejado en el despacho que ocupaba cuando no estaba operando. Él había tenido la delicadeza de leérsela. Como no podía haber sido de otra forma conociendo a su madre, le comunicaba a ella o a cualquiera que fuera a buscarla, que no iba a abandonar el hospital. Su madre seguiría atendiendo a la gente mientras pudiera, ya que su vocación era la de servir. En la carta también le indicaba en qué ala del hospital se iban a refugiar con los heridos y enfermos no infectados una vez descartada la evacuación.

No sabía cuanto tiempo había pasado desde que se lo llevaran pero no haría más de una hora que vagaba sola por el hospital. No dejaba de pensar en él, en su sacrificio para darle una oportunidad. Su gesto bien merecía que encontrara supervivientes. Y para eso tenía que concentrarse. Debía apartar su recuerdo de su mente. Era algo muy complicado pero tenía que hacerlo. Costara lo que costase.

Después de adentrarse en el ala que le había indicado su madre y de haber repelido un par de ataques menores ya creía encontrarse cerca de su objetivo. Las señales que iba encontrando eran inquietantes pero no dejaban de ser indicaciones de que alguien seguía vivo. Habían pintado en las paredes con algún tipo de spray que habían supervivientes, su número y la dirección de por dónde se encontraban. Habían empezado con una treintena y el número no había parado de descender. A pesar de eso era una buena señal ya que en casi todos los edificios que había encontrado señales anteriormente todas eran para indicar lo contrario, la ausencia de vida humana.

Al girar el pasillo por el que iba a la izquierda se encontró con lo que buscaba. Al fondo del mismo se hallaban las puertas de la cocina. Unas puertas abatibles metálicas que ahora se encontraban atrancadas desde dentro presumiblemente. Los infectados que se agolpaban en la puerta no le dejaban distinguir más. Habrían unos siete, puede que ocho. Algunos estaban tumbados en el suelo inertes. Otros permanecían de pie, enfrentados a la puerta, gimiendo, esperando, hacía mucho tiempo que habían dejado de aporrear la puerta o de tratar de abrirla con las manos desnudas. Comenzó a avanzar hacia ellos con la escopeta en ristre. Un par de ellos se giraron casi de inmediato. Comenzaron a avanzar hacia ella al principio dubitativos pero al poco ya corrían poseídos sin duda por la sed de sangre. Cuando habían recorrido la mitad de la distancia que les separaba de Calíope, ella abrió fuego.

De un único disparo abatió a los dos. La estrechez del pasillo y la distancia a la que había disparado convertían a la escopeta en un arma temible una vez más. En seguida el resto de los infectados captaron la presencia de Calíope, aunque ella no esperó a que empezaran a acercarse y abrió fuego mientras seguían agolpados ante las puertas. Una, dos, tres, hasta cuatro veces tuvo que disparar para incapacitar a la mayoría. Unos cuantos habían empezado a correr en pos de ella, el resto o se acercaba arrastrándose o se encontraba lo bastante débil como para no moverse. Aún tuvo que emplear un par de disparos más para liquidar a los que yacían en el suelo.

Una vez asegurado el pasillo y apartados los cadáveres a los lados de los que una vez fueron personas corrientes comenzó a llamar a la puerta. Usaba la señal de SOS internacional. Imaginaba que si quedaba alguien con vida apreciaría la ironía. Al cabo de un rato que pareció eterno pudo oír como se arrastraba algo muy grande al otro lado. Se apartaban muebles y otras cosas que sin duda eran bastante pesadas y por fin pudo escuchar una voz que le resultaba extrañamente familiar.

Cardinal Sin

martes, 19 de enero de 2010


Jon despertó inquieto. Algo lo había despertado y no era habitual, no lo era desde que tomaba tantas precauciones. Instintivamente sacó la automática que guardaba debajo de la almohada y apuntó hacia la figura de la puerta en un único gesto ensayado miles de veces. Entonces distinguió el candil y el camisón sobre la piel broncínea que reflejaba la luz de la vela. Estaba de pié mirándole y su silueta indicaba que iba a acercarse mucho.

Lentamente dejó la pistola en la mesita mientras ella se iba aproximando a la cama de matrimonio. - Antes de que hagas nada de lo que nos podamos arrepentir me gustaría decirte...- Jon trató de terminar la frase. Pero Calíope ya estaba al borde de la cama. Con un leve gesto deslizó su camisón y este cayó silencioso desde sus hombros. - Shhhhhhhh.- Apenas fue audible pero fue lo suficientemente sugerente como para acallar el reparo de Jon.

Con un gesto lleno de sensualidad Calíope dejó el candil en la mesita justo al lado de la pistola y se deslizó entre las sábanas. Jon sintió la calidez de su cuerpo inmediatamente. Dormía habitualmente con el torso desnudo, sólo con unos pantalones de pijama y dio gracias por esa elección. El cuerpo de Calíope estaba torneado y bien definido. Sus curvas no eran muy pronunciadas pero eran tremendamente atractivas para cualquiera. Calíope se tumbó al lado de Jon apoyando sus senos en el torso desnudo y simétrico de él y sin mediar palabra sus labios encontraron los de él. Al principio eran besos tiernos, cargados de sensualidad y de delicadeza. Aunque poco a poco fueron haciéndose más salvajes. El juego previo había dejado paso a lametones, mordiscos y a unos besos desaforados. Los dos se encontraban solos, en un mundo devastado y acababan de sellar un pacto silencioso, un pacto con su saliva, con su deseo. Esa noche los dos dejarían a un lado muchas cosas (reparos, escrúpulos, vergüenza, ...) y se dedicarían el uno al otro.

Calíope comenzó a besar a Jon por el cuello, los hombros, el pecho, y lentamente fue bajando por sus abdominales. Jon le puso las manos en los hombros y comenzó a musitar una especie de protesta que ella cesó con un rápido movimiento de su mano derecha la cual posó su dedo índice sobre los labios de él. Jon pareció rendirse y Calíope reanudó su marcha hacia los pantalones de Jon. Se los quitó no sin ayuda y comenzó a besar sus piernas, sus ingles, y finalmente su miembro.

Los labios de Calíope eran exactamente como Jon se había imaginado. Con volumen y perfectamente perfilados le estaban proporcionando un placer indescriptible. Subían y bajaban, besaban, cubrían, succionaban, todo con una delicadeza y una destreza que sorprendió a Jon. Cuando se quiso dar cuenta estaba tan excitado que casi tuvo un orgasmo en la boca de Calíope. Al tratar de avisarla ella detuvo sus travesuras y ascendió de debajo de las sábanas. Se limpió con el dorso de la mano y lo besó con una mirada que sólo invitaba a la lujuria. Llegados a ese punto a Jon ya no le quedaban argumentos para negarse a lo que iba a suceder.

Calíope se puso encima de él a horcajadas y comenzó a moverse lentamente. Los pechos de Calíope eran suaves y tersos. Sus pezones se endurecieron al entrar en contacto con el aire de la habitación. Y Jon los acunó con delicadeza. No colmaban sus suaves manos, pero eran más que suficientes para que ella tuviera un busto precioso. Con movimientos suaves comenzó a describir círculos, balanceándose sobre Jon. Él estaba excitadísimo. La pelvis de ella le oprimía el sexo y le proporcionaba un placer que no había experimentado muchas veces a lo largo de su vida. Ella comenzó a incrementar el ritmo, ahora movía su cintura arriba y hacia abajo con fuerza, sintiéndolo dentro. Jon seguía sin dar crédito a lo que estaba sucediendo pero no por ello dejaba de disfrutar. Los movimientos de Calíope estaban consiguiendo que llegara a un punto de excitación que no recordaba. Ella estaba cada vez más excitada, jadeaba y gemía con cada acometida. Sus manos apretaban el pecho de Jon, apoyándose en él. Mientras él pellizcaba sus pechos y bajaba sus manos por su cintura hasta su culo y lo agarraba con fuerza para ayudar a la penetración. Los dos estaban enzarzados en un ritmo que se tornaba cada vez más acelerado, previendo el inminente orgasmo.

A Calíope le sobrevino antes. El miembro de Jon estaba muy dentro de ella, llenándola por completo, su entrepierna vibraba con cada embate y no pudo aguantarse más. Una oleada tras otra la hicieron estremecerse, su espalda se arqueó mostrando la dimensión real de sus pechos, sus gemidos fueron más agudos, más profundos, sus manos se apoyaron en las piernas de Jon echando hacia atrás su cuerpo, mientras las descargas de placer recorrían todo su cuerpo y su mente se quedaba en blanco durante unos instantes.

Jon esperó a que el orgasmo de ella remitiera y cogiéndola suavemente por las axilas la levantó y la depositó a su lado en la cama. La besó con deseo y poniéndose encima de ella comenzó a penetrarla de nuevo. Los dedos de ella le acariciaban la nuca y los musculosos brazos mientras él iba incrementando el ritmo de sus arremetidas. Calíope seguía excitadísima y Jon lo notaba perfectamente. Jon besó cada centímetro de su bello rostro, lamió su cuello, besó sus pechos, mordisqueó sus pezones, todo mientras seguía dentro de ella. No tardó mucho en verlo venir. Dejándose llevar los dos habían alcanzado un ritmo furioso. Ella le clavaba las uñas en la espalda y lo animaba a que siguiera. Hasta que no pudo más y terminó corriéndose dentro de ella. Los dos estaban cubiertos por una fina película de sudor cuando se separaron. Los dos respiraban entrecortadamente mientras sus pulsaciones volvían a la normalidad. Jon se apartó de ella y tumbándose a su lado comenzó a acariciar sus pechos con un dedo describiendo círculos distraído. Calíope lo miraba sonriente, se alegraba de haber encontrado un oasis en esa película.

Esa noche después de cuatro asaltos por fin pudieron dormir los dos plácidamente y sin más sobresaltos.

Cat People ('42)

jueves, 7 de enero de 2010


- Te propongo un juego, Jon.- Preguntó Calíope con una sonrisa dibujada en sus labios. - ¿Un juego dices? - Sí, un juego.- A esas alturas del día el alcohol ya fluía por sus venas diluyendo cualquier objeción o reparo que sus consciencias pudieran tener levantadas. - Me parece bien. Juguemos.- Respondió Jon con firmeza. Calíope acababa de lanzarle un guante en forma de desafío y él acababa de recogerlo.

Calíope se levantó de su silla y sin dejar de sonreír miró a ambos lados. Primero a la izquierda, después a la derecha. Lo hizo sin esperar nada. Recrearse de esa forma mientras Jon le observaba desde el otro lado de la mesa le hacía sentir cosas que había enterrado hacía ya tiempo. - ¿Secreto o Confesión?- Calíope cogió los dados y lanzó. Un siete. - Venga Jon, veamos tu tirada.- Jon cogió los dados, los agitó en sus manos, como para insuflarles energía y los lanzó sobre la mesa. Ella lo observaba atentamente, cada movimiento, cada gesto no pasaba desapercibido para sus ojos. - Un diez. Supongo que acabo de ganarte.- Le dijo Jon desconociendo las normas del juego. - Efectivamente compañero. Qué eliges, Secreto o Confesión?- preguntó ella. - Confesión mi querida Cali, elijo Confesión.- replicó él. - Muy bien, como prefieras.- Calíope se acercó al oído de Jon y dejó caer un susurro: "Tienes unas manos preciosas".

- ¿Jugamos otra vez?- preguntó divertida volviendo a su silla y sentándose. Jon trató de recobrar la compostura. Aquello lo había dejado por completo perplejo. No se lo habría esperado en la vida. Carraspeó ligeramente y asintió. Cogió los dados y lanzó de nuevo, esta vez salió un cuatro. - Vaya Jon, esta vez creo que me tocará elegir a mí.- dijo sonriendo ella. Calíope cogió los dados y los lanzó con fuerza contra la mesa. Estos rodaron y se detuvieron justo al borde. De nuevo un siete. - Vaya! Parece que estás abonada.- Espetó Jon a Calíope. - ¿Qué será esta vez?- continuó mientras sonreía. - Esta vez elijo... Confesión.- Respondió ella. - Tu piel broncínea te dota de una belleza inusual.- le soltó a bocajarro. Calíope se sonrojó al instante. No esperaba que fuera tan directo. Jon se relamió al ver su sonrojo. - ¿Seguimos?- le preguntó Jon en tono irónico.

- Sigamos.- Ella pareció recobrar la compostura. Acunó los dados entre sus delicadas manos y sopló en el interior del hueco como susurrándoles alguna cosa. De nuevo salió siete. - Voy a empezar a pensar que eres una bruja.- comentaba Jon distraído mientras cogía los dados. Esta vez no hizo ningún aspaviento en cuanto los tuvo en la mano los lanzó haciéndolos girar en el lanzamiento. Primero cayó uno, era un seis. El otro mientras daba vueltas sobre sí mismo. Los dos se acercaron más para ver el desenlace del lanzamiento. Al poco, un cinco se dibujó sobre la mesa. Once. - ¿Y bien Jon?- Le invitó ella a elegir. - No entiendo muy bien la diferencia entre Secreto y Confesión, pero voy a elegir Confesión de nuevo.- dijo Jon. - ¿Seguro?- trató de sembrar la duda ella mirándolo con descaro. - Sí, sí, confesión de nuevo.- afirmó él. - Como desees.- Respondió ella. - Calíope no es mi verdadero nombre.- confesó entre risas. - No sé por qué, suponía que nadie sabía cuando nace un bebé si va a tener una bella voz para ponerle ese nombre. Sería un poco temerario por su parte, ¿no crees?- Respondió Jon guiñándole un ojo. Aquello volvió a pillarla desprevenida. Había supuesto que un bombero no sabría que era una de las musas ni mucho menos hubiera supuesto que sabría el significado de su nombre.

- Me toca de nuevo.- dijo Jon. Cogió los dados y los lanzó rápidamente. Dos unos. - Ojos de Serpiente, has perdido.- musitó ella. - Y esta vez elijo secreto.- dijo ella esta vez mirando fijamente a Jon a los ojos. - No soy ...- Jon miraba a Calíope con una sonrisa en los labios cuando se dio cuenta de que fuera ya era de noche. - Vaya, parece que tendremos que dejarlo para otra ocasión. Rápido ayúdame con los preparativos. Ya es de noche.- Jon comenzó a bajar todas las persianas, corrió cortinas, y apagó luces. Le tendió un candil a Calíope con una vela. - Es mejor que por las noches no encendamos luces, ni hagamos mucho ruido, nunca está de más ser precavido.- Le dijo en voz baja a Calíope. - Estoy cansado Cali, creo que me voy a dormir. Toma un paquete de cerillas para el candil. Te he dejado un regalo de bienvenida en la mesita. Úsalo cuanto quieras. Yo hoy dormiré con un ojo abierto.-
- Buenas noches Jon. Nos vemos por la mañana.- contestó ella.

Jon desapareció por el pasillo con su candil y fue engullido por la oscuridad de su cuarto. Cuando Calíope llegó al suyo tenía un iPod esperándola en la mesilla. Escuchara la música que escuchase, esa noche no la molestaría ningún alarido del exterior.

Antecedentes

sábado, 26 de diciembre de 2009


Jon era un hombre encantador. No sólo la había acogido sin reparos y había confiado ciegamente en una mujer armada, sino que le había abierto las puertas de su refugio y no contento con eso le había preparado un manjar digno de otros días más felices y algo menos sombríos. Calíope meditaba sobre ello mientras él había ido en busca de una botella de vino. En aquel momento se prometió a sí misma disfrutar del día y de la compañía.

- Bueno, ya estoy aquí. No he tardado mucho, no?- preguntó con una sonrisa en los labios, mientras descorchaba una botella de vino blanco bien fría. - No, has sido bastante rápido!- corroboró ella y rieron los dos. Jon sirvió las copas y propuso un brindis. - Por la supervivencia.- dijo solemne sin dejar de mirarla a los ojos. - Por la supervivencia.- Respondió ella manteniéndole la mirada. El vino era bastante bueno y frío entraba mucho mejor. Comenzaron con los entrantes y Jon le preguntó por su historia, de dónde venía, qué le había pasado y qué quería hacer. Calíope le contó a grandes rasgos su aventura sin entrar en demasiado detalle. Tuvo cuidado de omitir lo de los misteriosos hombres encapuchados y lo de sus perseguidores. No tenía muy claro por qué lo había hecho pero en su fuero interno pensó que no debía preocupar a Jon con sus miedos y sospechas. Tampoco mencionó a su hermano ni a su familia. De eso Jon se dio perfecta cuenta, pero a él tampoco le resultaba sencillo hablar de ese tema.

Los dos disfrutaron de la comida como en mucho tiempo no hacían. Jon trajo el primero: aguacates rellenos de langostinos con salsa rosa. Eso sorprendió a Calíope y lo felicitó por sus habilidades culinarias. Jon respondió sonrojándose y le restó importancia alegando que eran muy fáciles de hacer. De segundo había descongelado dos entrecottes que fueron ávidamente devorados por los dos, hechos a la plancha junto con su guarnición de patatas y de pimientos verdes todo regado con un buen vino tinto reserva. Cuando Calíope encontró el momento le hizo a él las mismas preguntas.

- Pues verás. Yo era bombero. No te rías, es en serio. Y el día que todo se vino abajo estaba trabajando. Sabes que durante unas horas las noticias eran confusas como unos días antes cuando empezaron a aparecer casos en Africa y comenzaron a sucederse los contagios. Ya no recuerdo dónde fue la primera llamada de ese día. Al ocurrir todo tan de repente el teléfono de emergencias se colapsó en poco tiempo. Nosotros no sabíamos que llamadas atender ya que todas era igual de graves. Muchos de mis compañeros dejaron el servicio y se fueron a sus casas o a los lugares de trabajo de sus parejas, esposas, ... El caos se apoderó de la ciudad peor que en cualquier otro escenario para el que nos hubieran preparado. Accidentes. Muertos. Zombies corriendo por las calles persiguiendo a personas que en breves instantes dejarían de serlo. Saqueos. Robos. Nos centramos en los incendios más grandes para tratar de evitar que se extendieran por la ciudad y toda se viera envuelta en llamas. Pronto nos dimos cuenta de que la situación se había desbordado y de que el resto de servicios de emergencia no daban a basto. Como bombero he visto muchas cosas en mi vida, cosas horribles: en incendios, en accidentes,... Pero lo de ese día aún me persigue por las noches. Unos cuantos y yo conseguimos terminar nuestro turno a duras penas. Caían como moscas. Durante un momento estabas hablando con un policía por la radio y en cuestión de segundos ya no había nadie al otro lado. Sólo se oían gritos y alaridos al otro lado de la radio. Nuestra central está apartada de núcleos urbanos aunque con buena combinación por carretera y eso retrasó que llegaran a la base. Al acabar nuestro turno (no me preguntes porque lo terminamos y no abandonamos nuestros puestos como hicieron los demás para ir con nuestras familias porque no tengo una explicación) cada uno trató de encontrar a su familia. En mi caso sólo tenía a mi hija, Sara. Y cuando conseguí llegar a la guardería ya era demasiado tarde.- A Jon se le nublaron los ojos de lágrimas. Paró su relato y se levantó para ir al baño. - Disculpa Cali, aún lo tengo muy reciente.- Susurró mientras se marchaba del comedor.

Calíope se sintió conmovida por el relato de Jon. Y afligida. No tenía que haberle preguntado o él tendría que haber esquivado esa parte del relato. Se dijo que cuando volviera no le preguntaría más. Hablarían de cualquier otra cosa.

Cuando Jon regresó terminaron de comer y se pasaron la tarde hablando de sus trabajos antes de la infección, de los planes que tenían para el futuro antes de la infección y de anécdotas graciosas de sus trabajos. Como si no hubiera pasado absolutamente nada. Continuaron bebiendo un whiskey añejo que tenía Jon reservado y una botella de ron que le pidió Calíope. Los dos disfrutaron de la tarde jugando divertidos a las cartas y a los dados y apenas se dieron cuenta de que la noche se cernía sobre la ciudad de nuevo.

Preliminares

lunes, 14 de diciembre de 2009


- Bueno, pues aquí está. No es muy grande pero para el tiempo que vamos a estar en él, no tendremos problemas de espacio.- Entraron por un mínimo recibidor que continuaba con un pasillo en forma de L. Justo antes de que el pasillo girara a la derecha, a la izquierda una puerta les llevaba al comedor. - Aquí es donde más tiempo suelo pasar, guardo las armas, el equipo que traslado de casa en casa y bueno, pues paso el tiempo con lo que puedo.- Habían trastos y fardos apilados al principio del comedor, al fondo una mesa baja redonda presidía otra parte del comedor con un sillón y un sofá triple. El televisor apagado en un rincón era mudo testigo de los nuevos inquilinos que tenía la casa.

Continuaron el tour por el piso. -La primera puerta de la izquierda es la cocina. Tenemos de casi todo, aquí almaceno también toda la comida que nos comeremos. (La reserva de emergencia se encuentra en un macuto en el comedor).- Explicó Jon a su invitada. - A continuación está tu habitación. Tuvo que pertenecer a una universitaria por los apuntes, las fotos y los banderines de universidades que hay por las paredes, no obstante puedes sacar lo que no necesites y traerte lo que desees.- Calíope observó la habitación, era bastante pequeña, aunque para dormir sería más que suficiente. - Frente a tu habitación hay un armario empotrado con cosas de la familia y un baño con lavabo y ducha. Puedes usarlo libremente.- Recomendó Jon. - Es perfecto contestó Calíope. - Al fondo del pasillo se encuentra el dormitorio de matrimonio que es donde estoy durmiendo y el baño principal que está dentro a la derecha, tiene bañera y bidé. Mientras preparo la comida podrás darte un baño. ¿Tienes hambre ya?- preguntó Jon con tono paternalista. - La verdad es que sí.- Contestó Calíope. - ¡No se hable más! Pues si te parece mientras te instalas en tu habitación y dejas tus cosas te prepararé el baño y comenzaré a hacer la comida. ¿Te parece bien?- Preguntó sinceramente ilusionado. - Suena genial, la verdad.- contestó Calíope que comenzaba a dejar a un lado sus reparos.

Jon comenzó a llenar la bañera de agua caliente, y sacó de unos estantes sales, jabones y champús, para que Calíope eligiera los que quisiera. - Por cierto, no te he dicho que tenemos luz y agua sin restricciones. Veremos cuanto dura, pero por el momento... - Comentó Jon en voz alta saliendo del baño. - ¡Eso es estupendo!- dijo Calíope.

- Ah! Una cosa más.- Le dijo Jon asomándose por la puerta de su nueva habitación. - Dime Jon.- Se giró Calíope que estaba dejando la mochila en un armario y buscando algo de ropa limpia que le pudiera servir. - La habitación principal tiene pestillo, y el baño también. No voy a molestarte mientras te das el baño y la escopeta no te va a hacer falta. Si la quieres dejar en el comedor no hay problema y si te la quieres dejar en el baño tampoco. Lo entiendo y yo probablemente en tu situación haría lo mismo. Pero aquí estás a salvo, sólo quería que lo supieras. - dijo Jon. - Gracias Jon, lo tendré en cuenta.-

Jon hizo un gesto con la cabeza como asintiendo a la respuesta de Calíope y se fue a la cocina. Comenzó a preparar la comida. Mientras Calíope se encerró en el baño con la escopeta dispuesta a disfrutar de la hospitalidad de Jon. No era nada personal pero prefería bañarse sabiendo que estaba ahí. Cogió un bote casi entero de Badedas y despilfarró bastante mientras se bañaba. Le encantaba el olor de las castañas en el jabón. Le traía tantos recuerdos a su madre. Ella sólo empleaba ese jabón. Y siempre olía de esa manera tan característica. Pasó poco más de una hora en el baño. Y salió relajada y hambrienta con un chandal que sin duda la anterior poseedora de él lo usaría para estar por casa.

Jon había terminado con la comida y la estaba esperando sentado en una mesa larga en el comedor. Tendría que haberla sacado de algún sitio porque antes juraría que el comedor estaba bastante despejado. Había puesto una cubertería de plata preciosa y un centro de mesa bastante florido. Platos de porcelana y copas de cristal de bohemia completaban la puesta en escena. Todo un manjar les aguardaba. - Espero que tengas bastante hambre.- dijo él. - No tenías que haberte molestado. Es todo un detalle Jon. Gracias.- respondió ella. - Te dije que serías mi invitada y como tal te mereces este recibimiento.- En la mesa aguardaban berberechos, navajas, canapés de salmón y de caviar, un amplio surtido de quesos y de fiambres selectos, olivas y una bandeja con varios tipos de pan. - Brindemos y traeré los primeros. ¿Qué prefieres beber, vino, cerveza, o quizá agua?- preguntó atento. - Una botella de vino sería inmejorable.- dijo ella. - Pues vino entonces. Vuelvo en seguida, puedes comenzar mientras.- Jon dejó sola a Calíope en el comedor admirando la mesa y fue a por una botella de vino a la cocina.

Prospecto

domingo, 6 de diciembre de 2009


Subieron despacio los escalones del edificio. Mientras él le iba explicando los pormenores del mismo.
- Básicamente aquí estás a salvo. Es un poco raro pero trataré de resumírtelo lo mejor que pueda. Me dedico a parasitar edificios. - ¿Cómo? -preguntó Calíope contrariada. - Me explicaré, desde que todo estalló he seguido viviendo en la ciudad haciendo oídos sordos a cualquier advertencia. Es un lugar bastante complicado para sobrevivir, como habrás podido comprobar. Así que mi método (me imagino que quedarán más supervivientes empleando otras estrategias distintas a las mías) es ocupar un edificio. Sellarlo. Y limpiarlo. - ¿Y eso que tiene que ver con parasitarlo? - Bueno, básicamente yo soy el parásito. Me introduzco en el edificio y lo parasito hasta que no pueda ofrecerme más de sí. Entonces en ese momento lo abandono y me busco otro. - Entiendo, ¿y cómo se te ocurrió esa estrategia? - Pues reflexionando un poco sobre la situación, la verdad.

No existen protocolos de emergencia para estas situaciones. El mundo no estaba preparado, nadie lo estaba, -interrumpió su narración, como si rememorara algo importante. Fueron segundos pero Calíope captó la inflexión en su discurso, al poco continuó.- así que me imagino que esta situación se sostendrá en el tiempo indefinidamente hasta que aparezca una cura, o nos extingamos o el ejército de algún país limpie el mundo de esas cosas. ¡Por Dios!, si parece que vivamos en una película de serie B. Y eso lamentablemente nos deja en una posición de inferioridad sin precedentes. El problema fundamental al que nos enfrentamos (salvando obviedades) es la falta de recursos. Llegará un momento que nos quedaremos sin comida, no habrá luz eléctrica en ningún sitio, se acabará el combustible para los que sigan usando vehículos, etc... Así que pensé en ocupar edificios. Es más seguro ser itinerante que quedarte en un mismo sitio y volver cada día. La gente tiene víveres en casa, repuestos, cosas útiles, herramientas, ... lo más complicado es aislar y limpiar el edificio, pero con paciencia y mucho cuidado se puede hacer sin problemas. - Calíope no sabía si ese tío que acababa de conocer estaba completamente loco o rematadamente cuerdo. No lo tenía muy claro a decir verdad. Continuaron subiendo mientras hablaban.

- Te explicaré mi sistema.- Calíope asintió. - Este edificio tiene dos verjas que he reforzado, no hay entradas por las alcantarillas ni por un bajo adyacente, y la puerta de la terraza la he atrancado a conciencia. Básicamente sólo saldremos o entraremos nosotros cuando queramos. Tenemos lo de la campanilla para recoger a más supervivientes.- Calíope recordó que había comentado cuando la "recogió" que había funcionado anteriormente por lo menos una vez más. Tomó nota mental para preguntarle por esa ocasión. Y dejó que continuara con su explicación.- El edificio tiene cuatro plantas, cuatro puertas por planta, lo que hacen dieciséis viviendas. Ahora mismo estoy alojado en la catorce. Es la que más luz tiene y da a la calle y al patio interior. Si decides quedarte tendríamos comida para cinco días aproximadamente. Tengo más conservas y latas y alimentos no perecederos pero los usaríamos a largo plazo. A corto plazo hay que consumir todo lo que se pueda pudrir en breve. No hay nadie con vida en el edificio a excepción de nosotros dos. Sí que hay cadáveres.- En ese momento hizo un alto y señaló a una de las puertas del tercer piso. - ¿Ves esa equis de cinta americana en la puerta? - Claro, como no la voy a ver si la cubre por completo.- respondió Calíope. - Es lo que hago cuando termino con una vivienda. Las marco como referencia. Las equis negras indican cadáveres. Procuro ocupar el mínimo posible de casas con ellas. Pero a veces hay demasiados. Las verdes indican que contienen cosas útiles para alguien pero no para mí (lo que me hace falta lo llevo al piso donde vivo). Y las rojas que contienen cosas útiles que no voy a transportar pero en caso de necesidad o de volver a este edificio podría emplear. Mañana por ejemplo podrías ir a ver las verdes y seguro que encontrarías algo de ropa o enseres que podrías utilizar. Y si visitas alguna roja pues podrías encontrar alguna radio o algún bidón de algo inflamable o un extintor.-

- Bueno. Ya hemos llegado. Bienvenida a mi casa.- Abrió la puerta catorce y la invitó a pasar. - Aún no sé tu nombre.- Preguntó ella. - ¡Tienes razón! Disculpa mis modales, pero el aislamiento está afectándoles sin duda. Me llamo Jon. ¿Y tú? - Yo Calíope, pero puedes llamarme Cali. - Un placer Cali. Hoy eres mi invitada y cocinaré para ti. Vamos a celebrar nuestro encuentro con algún que otro manjar. Pasa, te enseñaré el piso. Y después podrás contarme tu historia.

Y los dos entraron en el piso número catorce de una calle de nombre desconocido.