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Tiresias

martes, 21 de septiembre de 2010

- Vamos! Explícamelo antes de que dispare. Porque puedes estar seguro de que como tu explicación no me satisfaga dispararé. Me importa una mierda que me hayas dado cobijo o que folláramos ayer por la noche. -le gritó Calíope a Jon dejándolo perplejo.

La mano firme de Calíope se cerró aún con más fuerza alrededor de la pistola. Ya la había amartillado así que estaba más que preparada para disparar. Sus ojos destilaban determinación y Jon intuía por su expresión que no vacilaría en disparar. Sin embargo ella no estaba del todo segura. Era una atrocidad lo que había descubierto en la puerta once, pero quizá hubiera una explicación para ello. Su juramento de ayudar a los demás estaba por encima de todo y dificilmente podría vivir tolerando una matanza similar. Sin embargo comenzaba a dudar de que fuera capaz de dispararle. Aunque se esforzaba denodadamente por no mostrar un ápice de duda.

Jon estaba al principio del pasillo todavía limpiándose las manos del desayuno con un trapo de la cocina. El portazo de ella le hizo salir al pasillo para ver qué ocurría. Ella avanzó apenas un par de pasos. En cuanto lo tuvo a la vista se detuvo y le apuntó. Sabía de sobra lo que había descubierto y por qué se la veía tan afectada. En fin, había llegado la hora de la opereta.

- Antes de que me juzgues o de que me condenes por un delito deberías escuchar mi versión. -comenzó Jon pausadamente, tratando de disimular los nervios, y dotando a su discurso de toda la calma y veracidad de la que era capaz. - Cuando recogí a mi segundo grupo de refugiados... -tragó saliva. Hará unos cinco o seis días, ya no sabría decirte con exactitud. No era tan cauteloso como lo fui contigo. Como habrás podido comprobar eran ocho personas. Habían cinco miembros de una misma familia. El resto estaban solos. Se habían encontrado por la ciudad e iban juntos sin rumbo. Los niños lloraban, los mayores tenían la mirada ida, sólo unos pocos podían valerse por si mismos. Estos eran los que tiraban del resto. Los recogí y les di refugio. Les pregunté si estaban heridos y a parte de rasguños, cortes leves y moratones nadie me dijo que estuviera herido. Pero a dos miembros de la familia les habían mordido. "Espero que sepas comprenderlo." - musitó casi entre dientes.

- ¿Y por eso los mataste? ¿Por eso mataste a gente inocente? ¡¿Por eso mataste a personas que no estaban infectadas?! ¡Maldita sea Jon! ¿Es que has perdido el juicio? -cada pregunta fue creciendo hasta gritar la última. Calíope no soportaba la idea de que murieran inocentes, de que se hubieran sacrificado vidas humanas.

- No, todavía no. No fue así exactamente. -trató de replicar. - O venga, va! No me vengas con esas. ¿Soy enfermera recuerdas? He visto sus heridas, he visto los cuerpos en descomposición. -argumentó. ¡Por favor! - Escúchame! Luego podrás juzgarme. Los infectados le habían ocultado ese hecho a su propia familia. Aunque no a toda. Sabían que si les descubrían estaban fuera y que los abandonarían a su suerte. Por eso sólo se lo confiaron a uno de ellos. El caso es que tardaron más de un día en presentar los síntomas. Todos nos habíamos confiado. Bajamos la guardia. Y fue una auténtica masacre. Intenté aislarlos, separarlos, para que no contagiaran al resto pero en seguida hubieron más mordidos. Conseguí abatir a algunos con ayuda de un superviviente pero los miembros de la familia enloquecieron al ver a los suyos atacados! No pude hacer nada por salvarlos. Claro que hubieron bajas colaterales. Imagina una escopeta en un sitio tan pequeño. No fue mi intención. Pero tenía que elegir, ¡eran decisiones de vida o muerte en cuestión de segundos.! Al final me refugié en uno de los baños del piso. Esperé hasta que hubiera un bando vencedor y cuando los gruñidos y los zarpazos llegaron a la puerta del baño sabía lo que tenía que hacer. -Jon bajó la cabeza casi entre sollozos. - ¡Murió gente que no estaba infectada! -contraatacó ella. - Eso no lo sabemos. Puede que al principio de la infección si te matan no manifiestes los síntomas como los infectados que mueren tiempo después. Tú hubieras hecho lo mismo, se trataba de sobrevivir.

Calíope continuó apuntando con su arma a Jon. Ya no tenía tan claro que fuera a disparar. Probablemente en la situación que tuvo que vivir Jon hubiera hecho lo mismo. Era un buen hombre, aunque sin duda se había visto sobrepasado por las circunstancias. - Está bien. Te creo, pero no toleraré que me mientas ni que me ocultes nada como eso. Si vamos a permanecer juntos, deberemos confiar el uno en el otro. Si no es mejor que nos separemos. -sentenció ella.

- Te he abierto la puerta de mi refugio y te he aceptado sin reservas. ¿Es que eso no cuenta para nada? -preguntó él con tono de reproche. - Por supuesto, es la principal razón para que no te haya disparado. -dijo ella. - Quería comentarte una cosa que me reconcome por dentro desde ayer. -pidió educadamente Jon.

- Deja que sea yo la que te comente un par de cosas primero. Te agradezco mucho lo que has hecho por mi. Te agradezco mucho el cobijo, la comida, y el equipo. Pero que no te quepa ninguna duda de que hubiera sobrevivido igualmente sin tu ayuda. Lo que ocurrió ayer fue sexo. Solamente sexo. Dos personas adultas disfrutando. Nada más. Nos encontramos solos, necesitados, exhaustos, quién sabe si volveremos a estar con otro ser humano a excepción de nosotros. Nada más. No te montes películas, mi corazón pertenece a otra persona y le seguirá perteneciendo. Ha sido un pasatiempo, una distracción, siento decírtelo así pero es la verdad. Si sufres por lo que pensará tu mujer, tranquilo, seguro que no le importa lo que pasó ayer. Si esto va a suponer un problema para ti no te preocupes que no volverá a suceder. "Espero que puedas comprenderlo."

7 Minutos

martes, 1 de junio de 2010


Su pulso aún estaba desbocado. Se detuvo en el rellano de las escaleras de ese piso, tratando de recuperar el resuello. Se sentó contra la pared controlando los dos accesos y la puerta cerrada al frente. Dejó la pistola a un lado, cargada y todavía humeante del encuentro anterior y comenzó a recargar la escopeta. Un piso antes se había quedado sin munición teniendo que recurrir a la pistola.
Aún sin rastro de vida, este era el edificio indicado. Debía encontrarla allí. Aún quedaban unos pisos para acceder al ala determinada por la carta. No era el camino más corto sin embargo era el camino donde menos resistencia debería encontrar.

Ahora que ya se había calmado un poco, recordó el primer hospital que había visto cuando iba con la moto. Parecía que hacía años de aquello. En ese instante tomó conciencia de a qué se debían esas sensaciones de temor, desasosiego y angustia. Después de ver y de vivir en primera persona el horror en el que se habían convertido los hospitales dudaba seriamente de que algún día pudiera volver a trabajar en uno. Si hubiera tenido que definir en qué se había convertido su hospital diría sin dudarlo que en un purgatorio. Almas que ya no pertenecían a los vivos sino a unos engendros incansables buscando cualquier vestigio de vida para extinguirla o unirla a su causa. Una dantesca antítesis del verdadero y loable propósito por el que existían los hospitales. Claro que eso había sido antes, mucho antes. Le dolía la cabeza. Pensaba demasiado. Llevaba días pensando demasiado. Se sentía confusa, perdida. Una y otra vez pensaba en cómo lo había perdido, en cómo había cambiado todo, en si encontraría a alguien con vida en un edificio con tanta muerte y desolación.
En esas mismas escaleras donde ahora se sentaba se había besado con no pocos médicos y residentes. A menudo eran escarceos que no terminaron en nada serio, para ella no eran más que momentos de distensión. Muchas veces empezaban o terminaban en las cenas del hospital...

Un chirrido sacó de su ensimismamiento a Calíope. Por el rabillo del ojo vio claramente como la manivela de la puerta giraba. Mecánicamente empuñó la pistola y apuntó hacia la puerta mientras se ponía de pie y comenzaba a afianzarse para subir corriendo las escaleras. La puerta se abrió de golpe y el primer infectado se abalanzó sobre el sitio que había ocupado hacía unos instantes. Ella le disparó a bocajarro, en la cabeza. Y comenzó a subir los escalones de tres en tres. Tenía que ganar algo de distancia para poder abatir a los que venían detrás de ese. ¿Pero cómo diablos han abierto la puerta si no podían? -pensó fugazmente. Alcanzó el rellano del piso superior y apuntó al que subía detrás de ella, el primer impacto lo retrasó brevemente al impactarle en el torso. Tenía que ser más precisa con la pistola si quería sobrevivir. El segundo disparo lo hizo sin darle tiempo al zombie a subir más de dos escalones y esta vez no falló. Su masa encefálica fue dispersada por toda la escalera.

Sin perder un segundo evaluó su situación: se había dejado la mochila y la escopeta en el piso inferior, tendría que recuperarlas, cuando la puerta se abrió le dio tiempo a ver a tres infectados no obstante podrían ser más. No estaba segura. Le quedaban cuatro balas... El siguiente apareció al pie del tramo de escaleras, la miró desafiante, era un hombre de color, con el pelo rapado, de unos cuarenta años bastante corpulento. Calíope apuntó a las piernas. Esta vez tuvo más puntería, el disparo destrozó la rodilla izquierda del hombre impidiéndole subir las escaleras. Este comenzaba a arrastrarse para subir los peldaños que le separaban de su presa cuando otros dos infectados aparecieron girando rápidamente el descansillo y, arrollando a su compañero caído, comenzaron a salvar corriendo la distancia que los separaba de Calíope. Ella abrió fuego sin pensar, dos disparos para acabar con el primero de ellos, quedaba una bala. La tensión era palpable, el pulso se había disparado de nuevo y la adrenalina fluía intensamente por su cuerpo, cuatro escalones, tres escalones, el infectado subía hacía ella sin vacilar, llevaba un uniforme de enfermero... No, ahora no podía prestar atención a eso. Apretó el gatillo y un chasquido le comunicó su error. Se había equivocado llevando la cuenta, un error que podía costarle carísimo.

No había tiempo para girarse y continuar la huida, en su lugar Calíope se agarró con las dos manos de la barandilla y saltó hacia abajo con las dos piernas por delante. Golpeó en el plexo solar al desafortunado zombie y este cayó rodando escaleras abajo. Sin perder la iniciativa bajó lanzada en pos de la escopeta. Pasó por encima del hombre alto, teniendo especial cuidado de que no le agarrara. Cerró la puerta de una patada mientras recogía la escopeta. Remató a los dos zombies malheridos y después de cerciorarse de que la zona era segura, comenzó a recoger sus cosas.

En silencio, soportando la carga y la contradictoria culpabilidad de haber sobrevivido una vez más, comenzó a recargar las armas que le quedaban. No volvería a cometer el mismo error que hacía unos minutos.

Nat

domingo, 9 de mayo de 2010


Cuando Jon despertó, Calíope hacía tiempo que se había marchado de la cama dejando su silueta fría en el colchón. Como un resorte cogió su pistola y se levantó de la cama. Rápidamente comprobó la casa cerciorándose de la ausencia de Calíope. Debía de haber salido a explorar alguno de los pisos del edificio, como le había sugerido
la noche anterior.

El olor a sexo en la habitación espoleaba como un estigma la conciencia de Jon. A las pesadillas habituales tenía que sumar ahora los remordimientos por haber traicionado a Nat. Hacía años que había dejado esta vida, pero él seguía queriéndola con locura. Había intentado conocer a otras mujeres antes, animado por sus compañeros, pero ninguna cita salió bien. Siempre las comparaba con Nat y siempre salían perdiendo. Muchas veces había intentado autoengañarse con esa frase tan típica de "ella habría querido que siguieras con tu vida...", pero nunca se había tragado esos consuelos. Lo que sí era un hecho es que tanto Nat como Sara no iban a volver. Nadie se las iba a traer sanas y salvas, es más, jamás las volvería a ver ni disfrutar de su presencia. ¿Tan malo era el hecho de haber disfrutado de una noche de sexo? Estaba claro que para su conciencia sí. Tendría que explicárselo a Calíope y aclarar lo sucedido la noche anterior. De no hacerlo podría volverse loco. Pero después de tantos años, ¿cómo podía seguir sintiéndose así? Era absurdo. Nat tenía que comprender (en el hipotético caso de que lo estuviera viendo) que sólo había sido sexo, que se sentía muy solo, tremendamente solo por no mencionar que podría morir en cualquier descuido. Con esto no trataba de justificarse, sólo de hacer más llevadera la losa de su conciencia. Probablemente el que no se perdonara la muerte de Sara, por haberse mantenido en su puesto de trabajo en vez de abandonarlo como hicieron muchos otros, no ayudaba a mejorar su estado anímico.

Firmó una tregua consigo mismo, como había hecho tantas otras veces y comenzó a preparar el desayuno. Se asomó a los miradores que tenía dispuestos para vigilancia: el día estaba nublado, ni rastro de ellos. Hoy tendría que empezar a entrenar a Calíope si quería que le acompañara en el próximo "vaciado" ya que no quedaban muchos días para preparar la siguiente mudanza. Además, quería preguntarle por su siguiente paso. Si tenía alguna idea de qué iba a hacer o de a dónde quería dirigirse.

Jon estaba preparando un desayuno casi continental, faltaban algunos ingredientes básicos pero qué le iba a hacer, cuando recordó lo que había dejado dentro de uno de los pisos con una equis negra. Ahora ya era demasiado tarde para remediarlo así que comenzó a preparar una coartada por si la necesitaba. Dudaba mucho de que Calíope entrara en ninguna vivienda marcada en negro pero por si acaso tendría que tener preparada alguna excusa.

Mientras tanto, en un piso más abajo del que se encontraba Jon, Calíope se anudó un pañuelo tapándose la boca y la nariz y se adentró en la onceava puerta. La equis que le daba la bienvenida era de color negro.

137 Sekunden

lunes, 22 de febrero de 2010


Los pasos de las deportivas de Calíope resonaban por los pasillos desiertos de lo que una vez fue su hospital. Ya llevaba un par de horas en él y se encontraba totalmente fuera de lugar. Los pasillos que antes eran familiares ahora se habían convertido en retazos de una pesadilla que jamás habría imaginado. Rastros de sangre seca señalaban las intersecciones y entraban y se perdían en los quirófanos, en las salas de espera, hasta en los despachos. Manchas de sangre adornaban las otrora asépticas paredes. Restos humanos aparecían por doquier a cada paso que daba. Esos pasos que la llevaban cada vez más cerca del paradero de su madre.

Aún llevaba la carta que su madre le había dejado en el despacho que ocupaba cuando no estaba operando. Él había tenido la delicadeza de leérsela. Como no podía haber sido de otra forma conociendo a su madre, le comunicaba a ella o a cualquiera que fuera a buscarla, que no iba a abandonar el hospital. Su madre seguiría atendiendo a la gente mientras pudiera, ya que su vocación era la de servir. En la carta también le indicaba en qué ala del hospital se iban a refugiar con los heridos y enfermos no infectados una vez descartada la evacuación.

No sabía cuanto tiempo había pasado desde que se lo llevaran pero no haría más de una hora que vagaba sola por el hospital. No dejaba de pensar en él, en su sacrificio para darle una oportunidad. Su gesto bien merecía que encontrara supervivientes. Y para eso tenía que concentrarse. Debía apartar su recuerdo de su mente. Era algo muy complicado pero tenía que hacerlo. Costara lo que costase.

Después de adentrarse en el ala que le había indicado su madre y de haber repelido un par de ataques menores ya creía encontrarse cerca de su objetivo. Las señales que iba encontrando eran inquietantes pero no dejaban de ser indicaciones de que alguien seguía vivo. Habían pintado en las paredes con algún tipo de spray que habían supervivientes, su número y la dirección de por dónde se encontraban. Habían empezado con una treintena y el número no había parado de descender. A pesar de eso era una buena señal ya que en casi todos los edificios que había encontrado señales anteriormente todas eran para indicar lo contrario, la ausencia de vida humana.

Al girar el pasillo por el que iba a la izquierda se encontró con lo que buscaba. Al fondo del mismo se hallaban las puertas de la cocina. Unas puertas abatibles metálicas que ahora se encontraban atrancadas desde dentro presumiblemente. Los infectados que se agolpaban en la puerta no le dejaban distinguir más. Habrían unos siete, puede que ocho. Algunos estaban tumbados en el suelo inertes. Otros permanecían de pie, enfrentados a la puerta, gimiendo, esperando, hacía mucho tiempo que habían dejado de aporrear la puerta o de tratar de abrirla con las manos desnudas. Comenzó a avanzar hacia ellos con la escopeta en ristre. Un par de ellos se giraron casi de inmediato. Comenzaron a avanzar hacia ella al principio dubitativos pero al poco ya corrían poseídos sin duda por la sed de sangre. Cuando habían recorrido la mitad de la distancia que les separaba de Calíope, ella abrió fuego.

De un único disparo abatió a los dos. La estrechez del pasillo y la distancia a la que había disparado convertían a la escopeta en un arma temible una vez más. En seguida el resto de los infectados captaron la presencia de Calíope, aunque ella no esperó a que empezaran a acercarse y abrió fuego mientras seguían agolpados ante las puertas. Una, dos, tres, hasta cuatro veces tuvo que disparar para incapacitar a la mayoría. Unos cuantos habían empezado a correr en pos de ella, el resto o se acercaba arrastrándose o se encontraba lo bastante débil como para no moverse. Aún tuvo que emplear un par de disparos más para liquidar a los que yacían en el suelo.

Una vez asegurado el pasillo y apartados los cadáveres a los lados de los que una vez fueron personas corrientes comenzó a llamar a la puerta. Usaba la señal de SOS internacional. Imaginaba que si quedaba alguien con vida apreciaría la ironía. Al cabo de un rato que pareció eterno pudo oír como se arrastraba algo muy grande al otro lado. Se apartaban muebles y otras cosas que sin duda eran bastante pesadas y por fin pudo escuchar una voz que le resultaba extrañamente familiar.

Cardinal Sin

martes, 19 de enero de 2010


Jon despertó inquieto. Algo lo había despertado y no era habitual, no lo era desde que tomaba tantas precauciones. Instintivamente sacó la automática que guardaba debajo de la almohada y apuntó hacia la figura de la puerta en un único gesto ensayado miles de veces. Entonces distinguió el candil y el camisón sobre la piel broncínea que reflejaba la luz de la vela. Estaba de pié mirándole y su silueta indicaba que iba a acercarse mucho.

Lentamente dejó la pistola en la mesita mientras ella se iba aproximando a la cama de matrimonio. - Antes de que hagas nada de lo que nos podamos arrepentir me gustaría decirte...- Jon trató de terminar la frase. Pero Calíope ya estaba al borde de la cama. Con un leve gesto deslizó su camisón y este cayó silencioso desde sus hombros. - Shhhhhhhh.- Apenas fue audible pero fue lo suficientemente sugerente como para acallar el reparo de Jon.

Con un gesto lleno de sensualidad Calíope dejó el candil en la mesita justo al lado de la pistola y se deslizó entre las sábanas. Jon sintió la calidez de su cuerpo inmediatamente. Dormía habitualmente con el torso desnudo, sólo con unos pantalones de pijama y dio gracias por esa elección. El cuerpo de Calíope estaba torneado y bien definido. Sus curvas no eran muy pronunciadas pero eran tremendamente atractivas para cualquiera. Calíope se tumbó al lado de Jon apoyando sus senos en el torso desnudo y simétrico de él y sin mediar palabra sus labios encontraron los de él. Al principio eran besos tiernos, cargados de sensualidad y de delicadeza. Aunque poco a poco fueron haciéndose más salvajes. El juego previo había dejado paso a lametones, mordiscos y a unos besos desaforados. Los dos se encontraban solos, en un mundo devastado y acababan de sellar un pacto silencioso, un pacto con su saliva, con su deseo. Esa noche los dos dejarían a un lado muchas cosas (reparos, escrúpulos, vergüenza, ...) y se dedicarían el uno al otro.

Calíope comenzó a besar a Jon por el cuello, los hombros, el pecho, y lentamente fue bajando por sus abdominales. Jon le puso las manos en los hombros y comenzó a musitar una especie de protesta que ella cesó con un rápido movimiento de su mano derecha la cual posó su dedo índice sobre los labios de él. Jon pareció rendirse y Calíope reanudó su marcha hacia los pantalones de Jon. Se los quitó no sin ayuda y comenzó a besar sus piernas, sus ingles, y finalmente su miembro.

Los labios de Calíope eran exactamente como Jon se había imaginado. Con volumen y perfectamente perfilados le estaban proporcionando un placer indescriptible. Subían y bajaban, besaban, cubrían, succionaban, todo con una delicadeza y una destreza que sorprendió a Jon. Cuando se quiso dar cuenta estaba tan excitado que casi tuvo un orgasmo en la boca de Calíope. Al tratar de avisarla ella detuvo sus travesuras y ascendió de debajo de las sábanas. Se limpió con el dorso de la mano y lo besó con una mirada que sólo invitaba a la lujuria. Llegados a ese punto a Jon ya no le quedaban argumentos para negarse a lo que iba a suceder.

Calíope se puso encima de él a horcajadas y comenzó a moverse lentamente. Los pechos de Calíope eran suaves y tersos. Sus pezones se endurecieron al entrar en contacto con el aire de la habitación. Y Jon los acunó con delicadeza. No colmaban sus suaves manos, pero eran más que suficientes para que ella tuviera un busto precioso. Con movimientos suaves comenzó a describir círculos, balanceándose sobre Jon. Él estaba excitadísimo. La pelvis de ella le oprimía el sexo y le proporcionaba un placer que no había experimentado muchas veces a lo largo de su vida. Ella comenzó a incrementar el ritmo, ahora movía su cintura arriba y hacia abajo con fuerza, sintiéndolo dentro. Jon seguía sin dar crédito a lo que estaba sucediendo pero no por ello dejaba de disfrutar. Los movimientos de Calíope estaban consiguiendo que llegara a un punto de excitación que no recordaba. Ella estaba cada vez más excitada, jadeaba y gemía con cada acometida. Sus manos apretaban el pecho de Jon, apoyándose en él. Mientras él pellizcaba sus pechos y bajaba sus manos por su cintura hasta su culo y lo agarraba con fuerza para ayudar a la penetración. Los dos estaban enzarzados en un ritmo que se tornaba cada vez más acelerado, previendo el inminente orgasmo.

A Calíope le sobrevino antes. El miembro de Jon estaba muy dentro de ella, llenándola por completo, su entrepierna vibraba con cada embate y no pudo aguantarse más. Una oleada tras otra la hicieron estremecerse, su espalda se arqueó mostrando la dimensión real de sus pechos, sus gemidos fueron más agudos, más profundos, sus manos se apoyaron en las piernas de Jon echando hacia atrás su cuerpo, mientras las descargas de placer recorrían todo su cuerpo y su mente se quedaba en blanco durante unos instantes.

Jon esperó a que el orgasmo de ella remitiera y cogiéndola suavemente por las axilas la levantó y la depositó a su lado en la cama. La besó con deseo y poniéndose encima de ella comenzó a penetrarla de nuevo. Los dedos de ella le acariciaban la nuca y los musculosos brazos mientras él iba incrementando el ritmo de sus arremetidas. Calíope seguía excitadísima y Jon lo notaba perfectamente. Jon besó cada centímetro de su bello rostro, lamió su cuello, besó sus pechos, mordisqueó sus pezones, todo mientras seguía dentro de ella. No tardó mucho en verlo venir. Dejándose llevar los dos habían alcanzado un ritmo furioso. Ella le clavaba las uñas en la espalda y lo animaba a que siguiera. Hasta que no pudo más y terminó corriéndose dentro de ella. Los dos estaban cubiertos por una fina película de sudor cuando se separaron. Los dos respiraban entrecortadamente mientras sus pulsaciones volvían a la normalidad. Jon se apartó de ella y tumbándose a su lado comenzó a acariciar sus pechos con un dedo describiendo círculos distraído. Calíope lo miraba sonriente, se alegraba de haber encontrado un oasis en esa película.

Esa noche después de cuatro asaltos por fin pudieron dormir los dos plácidamente y sin más sobresaltos.

Cat People ('42)

jueves, 7 de enero de 2010


- Te propongo un juego, Jon.- Preguntó Calíope con una sonrisa dibujada en sus labios. - ¿Un juego dices? - Sí, un juego.- A esas alturas del día el alcohol ya fluía por sus venas diluyendo cualquier objeción o reparo que sus consciencias pudieran tener levantadas. - Me parece bien. Juguemos.- Respondió Jon con firmeza. Calíope acababa de lanzarle un guante en forma de desafío y él acababa de recogerlo.

Calíope se levantó de su silla y sin dejar de sonreír miró a ambos lados. Primero a la izquierda, después a la derecha. Lo hizo sin esperar nada. Recrearse de esa forma mientras Jon le observaba desde el otro lado de la mesa le hacía sentir cosas que había enterrado hacía ya tiempo. - ¿Secreto o Confesión?- Calíope cogió los dados y lanzó. Un siete. - Venga Jon, veamos tu tirada.- Jon cogió los dados, los agitó en sus manos, como para insuflarles energía y los lanzó sobre la mesa. Ella lo observaba atentamente, cada movimiento, cada gesto no pasaba desapercibido para sus ojos. - Un diez. Supongo que acabo de ganarte.- Le dijo Jon desconociendo las normas del juego. - Efectivamente compañero. Qué eliges, Secreto o Confesión?- preguntó ella. - Confesión mi querida Cali, elijo Confesión.- replicó él. - Muy bien, como prefieras.- Calíope se acercó al oído de Jon y dejó caer un susurro: "Tienes unas manos preciosas".

- ¿Jugamos otra vez?- preguntó divertida volviendo a su silla y sentándose. Jon trató de recobrar la compostura. Aquello lo había dejado por completo perplejo. No se lo habría esperado en la vida. Carraspeó ligeramente y asintió. Cogió los dados y lanzó de nuevo, esta vez salió un cuatro. - Vaya Jon, esta vez creo que me tocará elegir a mí.- dijo sonriendo ella. Calíope cogió los dados y los lanzó con fuerza contra la mesa. Estos rodaron y se detuvieron justo al borde. De nuevo un siete. - Vaya! Parece que estás abonada.- Espetó Jon a Calíope. - ¿Qué será esta vez?- continuó mientras sonreía. - Esta vez elijo... Confesión.- Respondió ella. - Tu piel broncínea te dota de una belleza inusual.- le soltó a bocajarro. Calíope se sonrojó al instante. No esperaba que fuera tan directo. Jon se relamió al ver su sonrojo. - ¿Seguimos?- le preguntó Jon en tono irónico.

- Sigamos.- Ella pareció recobrar la compostura. Acunó los dados entre sus delicadas manos y sopló en el interior del hueco como susurrándoles alguna cosa. De nuevo salió siete. - Voy a empezar a pensar que eres una bruja.- comentaba Jon distraído mientras cogía los dados. Esta vez no hizo ningún aspaviento en cuanto los tuvo en la mano los lanzó haciéndolos girar en el lanzamiento. Primero cayó uno, era un seis. El otro mientras daba vueltas sobre sí mismo. Los dos se acercaron más para ver el desenlace del lanzamiento. Al poco, un cinco se dibujó sobre la mesa. Once. - ¿Y bien Jon?- Le invitó ella a elegir. - No entiendo muy bien la diferencia entre Secreto y Confesión, pero voy a elegir Confesión de nuevo.- dijo Jon. - ¿Seguro?- trató de sembrar la duda ella mirándolo con descaro. - Sí, sí, confesión de nuevo.- afirmó él. - Como desees.- Respondió ella. - Calíope no es mi verdadero nombre.- confesó entre risas. - No sé por qué, suponía que nadie sabía cuando nace un bebé si va a tener una bella voz para ponerle ese nombre. Sería un poco temerario por su parte, ¿no crees?- Respondió Jon guiñándole un ojo. Aquello volvió a pillarla desprevenida. Había supuesto que un bombero no sabría que era una de las musas ni mucho menos hubiera supuesto que sabría el significado de su nombre.

- Me toca de nuevo.- dijo Jon. Cogió los dados y los lanzó rápidamente. Dos unos. - Ojos de Serpiente, has perdido.- musitó ella. - Y esta vez elijo secreto.- dijo ella esta vez mirando fijamente a Jon a los ojos. - No soy ...- Jon miraba a Calíope con una sonrisa en los labios cuando se dio cuenta de que fuera ya era de noche. - Vaya, parece que tendremos que dejarlo para otra ocasión. Rápido ayúdame con los preparativos. Ya es de noche.- Jon comenzó a bajar todas las persianas, corrió cortinas, y apagó luces. Le tendió un candil a Calíope con una vela. - Es mejor que por las noches no encendamos luces, ni hagamos mucho ruido, nunca está de más ser precavido.- Le dijo en voz baja a Calíope. - Estoy cansado Cali, creo que me voy a dormir. Toma un paquete de cerillas para el candil. Te he dejado un regalo de bienvenida en la mesita. Úsalo cuanto quieras. Yo hoy dormiré con un ojo abierto.-
- Buenas noches Jon. Nos vemos por la mañana.- contestó ella.

Jon desapareció por el pasillo con su candil y fue engullido por la oscuridad de su cuarto. Cuando Calíope llegó al suyo tenía un iPod esperándola en la mesilla. Escuchara la música que escuchase, esa noche no la molestaría ningún alarido del exterior.

Antecedentes

sábado, 26 de diciembre de 2009


Jon era un hombre encantador. No sólo la había acogido sin reparos y había confiado ciegamente en una mujer armada, sino que le había abierto las puertas de su refugio y no contento con eso le había preparado un manjar digno de otros días más felices y algo menos sombríos. Calíope meditaba sobre ello mientras él había ido en busca de una botella de vino. En aquel momento se prometió a sí misma disfrutar del día y de la compañía.

- Bueno, ya estoy aquí. No he tardado mucho, no?- preguntó con una sonrisa en los labios, mientras descorchaba una botella de vino blanco bien fría. - No, has sido bastante rápido!- corroboró ella y rieron los dos. Jon sirvió las copas y propuso un brindis. - Por la supervivencia.- dijo solemne sin dejar de mirarla a los ojos. - Por la supervivencia.- Respondió ella manteniéndole la mirada. El vino era bastante bueno y frío entraba mucho mejor. Comenzaron con los entrantes y Jon le preguntó por su historia, de dónde venía, qué le había pasado y qué quería hacer. Calíope le contó a grandes rasgos su aventura sin entrar en demasiado detalle. Tuvo cuidado de omitir lo de los misteriosos hombres encapuchados y lo de sus perseguidores. No tenía muy claro por qué lo había hecho pero en su fuero interno pensó que no debía preocupar a Jon con sus miedos y sospechas. Tampoco mencionó a su hermano ni a su familia. De eso Jon se dio perfecta cuenta, pero a él tampoco le resultaba sencillo hablar de ese tema.

Los dos disfrutaron de la comida como en mucho tiempo no hacían. Jon trajo el primero: aguacates rellenos de langostinos con salsa rosa. Eso sorprendió a Calíope y lo felicitó por sus habilidades culinarias. Jon respondió sonrojándose y le restó importancia alegando que eran muy fáciles de hacer. De segundo había descongelado dos entrecottes que fueron ávidamente devorados por los dos, hechos a la plancha junto con su guarnición de patatas y de pimientos verdes todo regado con un buen vino tinto reserva. Cuando Calíope encontró el momento le hizo a él las mismas preguntas.

- Pues verás. Yo era bombero. No te rías, es en serio. Y el día que todo se vino abajo estaba trabajando. Sabes que durante unas horas las noticias eran confusas como unos días antes cuando empezaron a aparecer casos en Africa y comenzaron a sucederse los contagios. Ya no recuerdo dónde fue la primera llamada de ese día. Al ocurrir todo tan de repente el teléfono de emergencias se colapsó en poco tiempo. Nosotros no sabíamos que llamadas atender ya que todas era igual de graves. Muchos de mis compañeros dejaron el servicio y se fueron a sus casas o a los lugares de trabajo de sus parejas, esposas, ... El caos se apoderó de la ciudad peor que en cualquier otro escenario para el que nos hubieran preparado. Accidentes. Muertos. Zombies corriendo por las calles persiguiendo a personas que en breves instantes dejarían de serlo. Saqueos. Robos. Nos centramos en los incendios más grandes para tratar de evitar que se extendieran por la ciudad y toda se viera envuelta en llamas. Pronto nos dimos cuenta de que la situación se había desbordado y de que el resto de servicios de emergencia no daban a basto. Como bombero he visto muchas cosas en mi vida, cosas horribles: en incendios, en accidentes,... Pero lo de ese día aún me persigue por las noches. Unos cuantos y yo conseguimos terminar nuestro turno a duras penas. Caían como moscas. Durante un momento estabas hablando con un policía por la radio y en cuestión de segundos ya no había nadie al otro lado. Sólo se oían gritos y alaridos al otro lado de la radio. Nuestra central está apartada de núcleos urbanos aunque con buena combinación por carretera y eso retrasó que llegaran a la base. Al acabar nuestro turno (no me preguntes porque lo terminamos y no abandonamos nuestros puestos como hicieron los demás para ir con nuestras familias porque no tengo una explicación) cada uno trató de encontrar a su familia. En mi caso sólo tenía a mi hija, Sara. Y cuando conseguí llegar a la guardería ya era demasiado tarde.- A Jon se le nublaron los ojos de lágrimas. Paró su relato y se levantó para ir al baño. - Disculpa Cali, aún lo tengo muy reciente.- Susurró mientras se marchaba del comedor.

Calíope se sintió conmovida por el relato de Jon. Y afligida. No tenía que haberle preguntado o él tendría que haber esquivado esa parte del relato. Se dijo que cuando volviera no le preguntaría más. Hablarían de cualquier otra cosa.

Cuando Jon regresó terminaron de comer y se pasaron la tarde hablando de sus trabajos antes de la infección, de los planes que tenían para el futuro antes de la infección y de anécdotas graciosas de sus trabajos. Como si no hubiera pasado absolutamente nada. Continuaron bebiendo un whiskey añejo que tenía Jon reservado y una botella de ron que le pidió Calíope. Los dos disfrutaron de la tarde jugando divertidos a las cartas y a los dados y apenas se dieron cuenta de que la noche se cernía sobre la ciudad de nuevo.

Preliminares

lunes, 14 de diciembre de 2009


- Bueno, pues aquí está. No es muy grande pero para el tiempo que vamos a estar en él, no tendremos problemas de espacio.- Entraron por un mínimo recibidor que continuaba con un pasillo en forma de L. Justo antes de que el pasillo girara a la derecha, a la izquierda una puerta les llevaba al comedor. - Aquí es donde más tiempo suelo pasar, guardo las armas, el equipo que traslado de casa en casa y bueno, pues paso el tiempo con lo que puedo.- Habían trastos y fardos apilados al principio del comedor, al fondo una mesa baja redonda presidía otra parte del comedor con un sillón y un sofá triple. El televisor apagado en un rincón era mudo testigo de los nuevos inquilinos que tenía la casa.

Continuaron el tour por el piso. -La primera puerta de la izquierda es la cocina. Tenemos de casi todo, aquí almaceno también toda la comida que nos comeremos. (La reserva de emergencia se encuentra en un macuto en el comedor).- Explicó Jon a su invitada. - A continuación está tu habitación. Tuvo que pertenecer a una universitaria por los apuntes, las fotos y los banderines de universidades que hay por las paredes, no obstante puedes sacar lo que no necesites y traerte lo que desees.- Calíope observó la habitación, era bastante pequeña, aunque para dormir sería más que suficiente. - Frente a tu habitación hay un armario empotrado con cosas de la familia y un baño con lavabo y ducha. Puedes usarlo libremente.- Recomendó Jon. - Es perfecto contestó Calíope. - Al fondo del pasillo se encuentra el dormitorio de matrimonio que es donde estoy durmiendo y el baño principal que está dentro a la derecha, tiene bañera y bidé. Mientras preparo la comida podrás darte un baño. ¿Tienes hambre ya?- preguntó Jon con tono paternalista. - La verdad es que sí.- Contestó Calíope. - ¡No se hable más! Pues si te parece mientras te instalas en tu habitación y dejas tus cosas te prepararé el baño y comenzaré a hacer la comida. ¿Te parece bien?- Preguntó sinceramente ilusionado. - Suena genial, la verdad.- contestó Calíope que comenzaba a dejar a un lado sus reparos.

Jon comenzó a llenar la bañera de agua caliente, y sacó de unos estantes sales, jabones y champús, para que Calíope eligiera los que quisiera. - Por cierto, no te he dicho que tenemos luz y agua sin restricciones. Veremos cuanto dura, pero por el momento... - Comentó Jon en voz alta saliendo del baño. - ¡Eso es estupendo!- dijo Calíope.

- Ah! Una cosa más.- Le dijo Jon asomándose por la puerta de su nueva habitación. - Dime Jon.- Se giró Calíope que estaba dejando la mochila en un armario y buscando algo de ropa limpia que le pudiera servir. - La habitación principal tiene pestillo, y el baño también. No voy a molestarte mientras te das el baño y la escopeta no te va a hacer falta. Si la quieres dejar en el comedor no hay problema y si te la quieres dejar en el baño tampoco. Lo entiendo y yo probablemente en tu situación haría lo mismo. Pero aquí estás a salvo, sólo quería que lo supieras. - dijo Jon. - Gracias Jon, lo tendré en cuenta.-

Jon hizo un gesto con la cabeza como asintiendo a la respuesta de Calíope y se fue a la cocina. Comenzó a preparar la comida. Mientras Calíope se encerró en el baño con la escopeta dispuesta a disfrutar de la hospitalidad de Jon. No era nada personal pero prefería bañarse sabiendo que estaba ahí. Cogió un bote casi entero de Badedas y despilfarró bastante mientras se bañaba. Le encantaba el olor de las castañas en el jabón. Le traía tantos recuerdos a su madre. Ella sólo empleaba ese jabón. Y siempre olía de esa manera tan característica. Pasó poco más de una hora en el baño. Y salió relajada y hambrienta con un chandal que sin duda la anterior poseedora de él lo usaría para estar por casa.

Jon había terminado con la comida y la estaba esperando sentado en una mesa larga en el comedor. Tendría que haberla sacado de algún sitio porque antes juraría que el comedor estaba bastante despejado. Había puesto una cubertería de plata preciosa y un centro de mesa bastante florido. Platos de porcelana y copas de cristal de bohemia completaban la puesta en escena. Todo un manjar les aguardaba. - Espero que tengas bastante hambre.- dijo él. - No tenías que haberte molestado. Es todo un detalle Jon. Gracias.- respondió ella. - Te dije que serías mi invitada y como tal te mereces este recibimiento.- En la mesa aguardaban berberechos, navajas, canapés de salmón y de caviar, un amplio surtido de quesos y de fiambres selectos, olivas y una bandeja con varios tipos de pan. - Brindemos y traeré los primeros. ¿Qué prefieres beber, vino, cerveza, o quizá agua?- preguntó atento. - Una botella de vino sería inmejorable.- dijo ella. - Pues vino entonces. Vuelvo en seguida, puedes comenzar mientras.- Jon dejó sola a Calíope en el comedor admirando la mesa y fue a por una botella de vino a la cocina.

Prospecto

domingo, 6 de diciembre de 2009


Subieron despacio los escalones del edificio. Mientras él le iba explicando los pormenores del mismo.
- Básicamente aquí estás a salvo. Es un poco raro pero trataré de resumírtelo lo mejor que pueda. Me dedico a parasitar edificios. - ¿Cómo? -preguntó Calíope contrariada. - Me explicaré, desde que todo estalló he seguido viviendo en la ciudad haciendo oídos sordos a cualquier advertencia. Es un lugar bastante complicado para sobrevivir, como habrás podido comprobar. Así que mi método (me imagino que quedarán más supervivientes empleando otras estrategias distintas a las mías) es ocupar un edificio. Sellarlo. Y limpiarlo. - ¿Y eso que tiene que ver con parasitarlo? - Bueno, básicamente yo soy el parásito. Me introduzco en el edificio y lo parasito hasta que no pueda ofrecerme más de sí. Entonces en ese momento lo abandono y me busco otro. - Entiendo, ¿y cómo se te ocurrió esa estrategia? - Pues reflexionando un poco sobre la situación, la verdad.

No existen protocolos de emergencia para estas situaciones. El mundo no estaba preparado, nadie lo estaba, -interrumpió su narración, como si rememorara algo importante. Fueron segundos pero Calíope captó la inflexión en su discurso, al poco continuó.- así que me imagino que esta situación se sostendrá en el tiempo indefinidamente hasta que aparezca una cura, o nos extingamos o el ejército de algún país limpie el mundo de esas cosas. ¡Por Dios!, si parece que vivamos en una película de serie B. Y eso lamentablemente nos deja en una posición de inferioridad sin precedentes. El problema fundamental al que nos enfrentamos (salvando obviedades) es la falta de recursos. Llegará un momento que nos quedaremos sin comida, no habrá luz eléctrica en ningún sitio, se acabará el combustible para los que sigan usando vehículos, etc... Así que pensé en ocupar edificios. Es más seguro ser itinerante que quedarte en un mismo sitio y volver cada día. La gente tiene víveres en casa, repuestos, cosas útiles, herramientas, ... lo más complicado es aislar y limpiar el edificio, pero con paciencia y mucho cuidado se puede hacer sin problemas. - Calíope no sabía si ese tío que acababa de conocer estaba completamente loco o rematadamente cuerdo. No lo tenía muy claro a decir verdad. Continuaron subiendo mientras hablaban.

- Te explicaré mi sistema.- Calíope asintió. - Este edificio tiene dos verjas que he reforzado, no hay entradas por las alcantarillas ni por un bajo adyacente, y la puerta de la terraza la he atrancado a conciencia. Básicamente sólo saldremos o entraremos nosotros cuando queramos. Tenemos lo de la campanilla para recoger a más supervivientes.- Calíope recordó que había comentado cuando la "recogió" que había funcionado anteriormente por lo menos una vez más. Tomó nota mental para preguntarle por esa ocasión. Y dejó que continuara con su explicación.- El edificio tiene cuatro plantas, cuatro puertas por planta, lo que hacen dieciséis viviendas. Ahora mismo estoy alojado en la catorce. Es la que más luz tiene y da a la calle y al patio interior. Si decides quedarte tendríamos comida para cinco días aproximadamente. Tengo más conservas y latas y alimentos no perecederos pero los usaríamos a largo plazo. A corto plazo hay que consumir todo lo que se pueda pudrir en breve. No hay nadie con vida en el edificio a excepción de nosotros dos. Sí que hay cadáveres.- En ese momento hizo un alto y señaló a una de las puertas del tercer piso. - ¿Ves esa equis de cinta americana en la puerta? - Claro, como no la voy a ver si la cubre por completo.- respondió Calíope. - Es lo que hago cuando termino con una vivienda. Las marco como referencia. Las equis negras indican cadáveres. Procuro ocupar el mínimo posible de casas con ellas. Pero a veces hay demasiados. Las verdes indican que contienen cosas útiles para alguien pero no para mí (lo que me hace falta lo llevo al piso donde vivo). Y las rojas que contienen cosas útiles que no voy a transportar pero en caso de necesidad o de volver a este edificio podría emplear. Mañana por ejemplo podrías ir a ver las verdes y seguro que encontrarías algo de ropa o enseres que podrías utilizar. Y si visitas alguna roja pues podrías encontrar alguna radio o algún bidón de algo inflamable o un extintor.-

- Bueno. Ya hemos llegado. Bienvenida a mi casa.- Abrió la puerta catorce y la invitó a pasar. - Aún no sé tu nombre.- Preguntó ella. - ¡Tienes razón! Disculpa mis modales, pero el aislamiento está afectándoles sin duda. Me llamo Jon. ¿Y tú? - Yo Calíope, pero puedes llamarme Cali. - Un placer Cali. Hoy eres mi invitada y cocinaré para ti. Vamos a celebrar nuestro encuentro con algún que otro manjar. Pasa, te enseñaré el piso. Y después podrás contarme tu historia.

Y los dos entraron en el piso número catorce de una calle de nombre desconocido.

Contacto

lunes, 30 de noviembre de 2009


Calíope había leído el cartel ya tres veces, y todavía no daba crédito a lo que había escrito en él. Era una letra de hombre, grande y vistosa. En apenas unas líneas se leía:

"Si eres un humano, no estás infectado y estás leyendo esto, ¡Enhorabuena!
Coge el extremo del interfono, estira del cable tres veces y hablaremos.
Si suena bien al otro lado te diré donde estoy refugiado y podremos compartir refugio y alimento."

Parecía una broma pesada, no obstante era demasiado tentador como para dejarlo correr. Calíope estiró del cable tres veces y esperó escuchando sin demasiada esperanza con el envase del yogur en la mano. Ajena en la calle el cable subía por la fachada y entraba por uno de los últimos balcones del edificio. Nada más entrar en la vivienda se enroscaba en una campanilla sujetada a una polea. Esta comenzó a tañer. Sorprendido por lo inesperado del sonido tardó en reaccionar. Dejó sus tareas y corrió hacia la ventana de observación desde donde podría espiar a quien tiraba del cable sin ser visto. El invento de la campanilla sólo había funcionado un par de veces con esta y lo cierto es que estaba ilusionado. Miró por la ventana y no pudo más que asombrarse. Era una mujer, una mujer joven la que estaba tirando del cable. Se aclaró la garganta cogió el otro yogur y se dispuso a hablarle a través del hilo que acompañaba al cable.

- ¿Hola? -Comenzó dubitativo. - ¿Sí? ¿Me oyes? -Respondió Calíope.
- Sí, sí, ¿estás bien? ¿estás herida? -Continuó él. - No, no, estoy bien. He leído el cartel y ...
- Lo sé, suena un poco a broma, pero no se me ocurrió una mejor manera de discriminar entre los supervivientes y los infectados. No saben leer, ¿lo sabías? -Preguntó algo inocente.
- Lo intuía. -Dijo Calíope con un tono poco condescendiente.
- Bueno, voy a bajar y subes. Tengo más o menos de todo. No sé cuales son tus planes, pero si quieres te puedes quedar un par de días o bueno no sé el tiempo que quieras. Retrocede unos 50 metros y encontrarás un patio con doble reja. Yo tardaré un poco pero en seguida te abro. Si vienen zombies mientras tendrás que despistarlos. No pienso abrir si algo no va bien o si sospecho algo. Podrás volver a llamar cuando todo se calme. ¿Todo claro? -Preguntó. - Cristalino. -Le cortó ella.

Calíope comenzó a retroceder como le había indicado el desconocido del cartel. Pronto se encontró la verja negra y reforzada con maderas que sin duda habría mejorado él o los habitantes del edificio. Él continuó observándola por la ventana mientras cogía algunas cosas y se vestía con las protecciones habituales. Al cabo de unos minutos que parecieron horas Calípe oyó ruido desde la segunda verja que se entreveía desde los tablones. - ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? -dijo él. - Sí, sí, estoy bien, no hay moros en la costa. -Respondió ella ya un poco cansada de tanta murga.

La verja se abrió después de descorrer varios pestillos. -¡Hola! Bienvenida a mi pequeño edificio. ¡Pasa, rápido! Tenemos que darnos prisa.- Calíope entró azuzada por sus indicaciones y atravesó las dos verjas que daban acceso al interior del edificio. El interior estaba cálido, algo más que en la calle. Había un bidón de plástico que contenía un líquido rojo al lado de la segunda verja. El hombre se asomó, inspeccionó los dos lados de la calle y al comprobar que no había nada ni nadie se metió para dentro y cogió el bidón. Lo abrió y comenzó a esparcir el líquido rojo por toda la acera y el espacio entre las dos verjas. -Es vino tinto del malo. Cabezón y además apesta. En anteriores ocasiones he utilizado otras cosas como alcohol, agua oxigenada o lejía. Pero es lo que me queda ahora y creo que también funciona. Los despista y no hace que husmeen por aquí.- Cerró a cal y canto las dos verjas y en silencio se dirigió hacia su piso franco. -Acompáñame por favor. Hoy eres mi invitada.-

Vicisitud

domingo, 29 de noviembre de 2009


Al principio pareció correr desconcertada. Sin rumbo fijo se limitó a zigzaguear entre los edificios: manzana izquierda, manzana derecha, de nuevo izquierda, tratando de despistar a sus perseguidores. Todavía trataba de asimilar lo que había ocurrido esa noche. El sueño premonitorio que la había ayudado a tener una ventaja. Ese ser de nuevo apareciendo en mitad de la noche casi sin poder distinguir sueño de realidad. Por un momento creía que se había vuelto loca. Y que una vez más se encontraba en una pesadilla. Sin duda la soledad le estaba pasando factura. El aislamiento al que se veía forzada la estaba llevando al límite.

Se estaba adentrando en un barrio que no conocía. Sabía donde estaba en la ciudad, en que parte, distancias, referencias, pero no conocía esas calles. Así era fácil caer en un callejón sin salida o quedar atrapada entre varios grupos de zombies. La situación se había ido complicando desde que decidió ir en busca de las personas que quería. No sabía si las podría encontrar, ni tan siquiera si seguían vivas, pero algo en su interior la empujaba a buscarlas. A saber qué había sido de ellas. Después tendrían que huir. Pero antes había que encontrarlas. Mucho antes de eso había que descansar y reorganizarse.

Había pasado ya un tiempo prudencial. Ya hacía tiempo que había dejado de oírlos. Detuvo su carrera y comenzó a caminar. Las calles en ese barrio mostraban la estampa habitual que ya había visto por toda la ciudad. Calles vacías de humanidad, con algún que otro vehículo. Ningún cadáver. Mucha sangre por doquier: en paredes, en portales, en la calle, en la acera. Continuó caminando mientras amanecía. Cuando giró la última esquina que recorrería ese día, la luz del amanecer trajo un halo de esperanza sobre ella. En el medio de un edificio colgaba desde el piso más alto una especie de cable, no podía verlo muy bien desde donde se encontraba. El cable llegaba prácticamente a metro y medio de la acera. En su extremo final había algo enganchado y justo unos centímetros por encima una especie de cartel de cartón.

Para Calíope era como si alguien hubiese escuchado sus plegarias. Se detuvo en seco frente al cartel. Lo leyó y con una sonrisa en los labios cogió el envase del yogur que colgaba del cordón.

Countdown

martes, 24 de noviembre de 2009

Se vistió apresuradamente. Se estaba atando firmemente las zapatillas cuando la puerta de la entrada con todos sus pestillos fue desencajada de sus goznes con una carga brutal. Se ajustó la mochila y cogiendo la escopeta con las dos manos, saltó por la ventana de su cuarto a la galería de la cocina.

En ese mismo momento un zombie pasó por delante de la puerta de la cocina rumbo al comedor, Calíope apuntó a la puerta y disparó justo cuando el que iba detrás del primero se asomaba por la puerta de la cocina. El impacto fue en el hombro y en el cuello, prácticamente le separó la cabeza del cuerpo e hizo que saltara en el aire cayendo de espaldas sobre otro zombie que iba detrás. Doce. Se encaramó al marco de la ventana y apoyando la espalda en el quicio volvió a disparar, esta vez amputó al siguiente desgraciado su pierna derecha, y sangrando cayó al suelo. Once. El infectado siguió arrastrándose pero poco importaba. Se giró y saltó.

Fue a parar al tejado de uralita de la casa del primero. Dando una voltereta aterrizó de cuclillas en medio del patio de abajo. Avanzó hacia la puerta que conectaba el cuartito de la lavadora, de la secadora y del calentador con la casa principal. El corazón se le iba a salir del pecho. La adrenalina y el miedo recorrían sus venas por completo. Era tal la tensión que creía que se le iban a agarrotar las manos sobre la escopeta. Miró hacia el cielo y pudo verlo claramente. Su figura musculosa se perfilaba asomando prácticamente todo el torso por el borde de la terraza al patio de luces. Era él. Era el monstruo que acabó con su vida en aquel sueño no tan lejano. Un terrible escalofrío la sacudió por completo devolviéndola a la realidad. En frente había una puerta de aluminio con bastantes cristales a modo de dibujos. Se giró y disparó contra la ventana por la que había saltado. Reventó la cabeza de un zombie que se estaba encaramando ya para perseguirla hasta abajo. Diez.

Dio gracias por haber elegido la escopeta, ya que se estaba demostrando que en esas distancias era un arma mortal. Pateó la puerta a la altura de la cerradura y el pestillo saltó. Mejor, no quería desperdiciar ningún disparo, en esta situación podría necesitarlos todos. Avanzó rápidamente hacia la oscuridad reinante en la casa, en seguida se hizo patente un olor como a descomposición enclaustrada hace mucho tiempo. Oyó un aullido agudo y pasos corriendo en su dirección. No esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Nueve. El fogonazo del disparo iluminó el pasillo. Una niña infectada y bastante demacrada recibió el impacto de pleno. Prácticamente sin esperarse a que tocara el suelo el amasijo ensangrentado en el que se había convertido, continuó por el estrecho y largo pasillo que terminaba en una habitación al fondo por donde habría venido seguramente corriendo la niña y a la izquierda parecía desembocar en...

Un siseo agudo de nuevo y pasos apresurados desde la izquierda. Ocho. El disparo alcanzó a la madre en un costado y la lanzó contra el mueble del comedor. El impacto hizo que unas cuantas figuras de porcelana y algunos libros de una enciclopedia cayeran encima del cuerpo de la madre. Todavía se movía y sin duda se acabaría levantando pero tenía que salir del edificio. No sabía cuánta ventaja les llevaba a los que iban por detrás de ella. Se desvió bordeando una mesa y llegó al balcón.

Las ventanas estaban cerradas y las cortinas echadas. Se apresuró en abrirse paso, no se molestó en cerrar la puerta del balcón tras sí. Se asomó a este. Estaba a escasos tres metros del suelo. Debajo del balcón un poco escorada había una furgoneta aparcada. No se lo pensó ni un segundo. Se subió al borde de la barandilla y saltó. La caída abolló el techo de la furgoneta pero no se hizo ningún daño. Bajó rápidamente rodando sobre sí misma y cayendo por el lado más alejado de la acera. Se acercó rápidamente a la moto para poder largarse de allí echando leches. A pesar de su celeridad para abandonar el piso ya era demasiado tarde. Varios de esos zombies estaban alrededor de su moto, olisqueándola e incluso mordiendo alguna de sus partes. Se acerco un poco más hasta que tuvo la linea de fuego despejada.

Siete. La moto explotó en mil pedazos. Lanzó los cadáveres de los zombies que estaban custodiándola a varios metros de distancia. Ya no había marcha atrás. Se giró y comenzó a correr por el medio de la calle. Comenzó a recargar la escopeta mientras miraba por dónde iba a continuar. Tenía que despistarlos, tenía que alejarse de allí a toda prisa y poner tierra de por medio. Recordó una conversación que había mantenido con otro de sus ex. Era un fanático del deporte, de la lucha más bien. Una vez se pasó toda una tarde explicándole como su instructor les recalcaba una y otra vez que en un combate, pasara lo que pasase había una cosa que tenían que hacer siempre. No olvidarse de respirar. Advirtió en ese momento que le faltaba el resuello. Tanta tensión y tanta adrenalina le habían hecho contener la respiración en cada disparo, en cada movimiento que había emprendido. No iría muy lejos si no recuperaba el aliento. Mira que había gente simple en el mundo, reflexionó. Por lo menos eso era antes.

Calíope corrió con un único pensamiento en su cabeza. Tenía la sensación desde que había entrado en la ciudad, de que un estrecho cerco se iba cerrando sobre ella.

Titania

miércoles, 18 de noviembre de 2009


Era una noche cerrada. La lluvia y las nubes se habían disipado hacía un par de horas. La luna daba al barrio la única iluminación posible. Desde las azoteas desiertas se divisaban en la lejanía ciertos cuadrantes en los barrios de la ciudad que disponían de luz. Afortunados ellos que aún poseían electricidad si es que quedaba alguien con vida para disfrutarla. En ninguna otra situación el ser humano sería tan consciente de lo que significaba tener algún bien básico garantizado. Por otra parte era una estampa bonita si no sabías a qué era debida. La ausencia de contaminación lumínica dotaba a la noche y a las estrellas de una belleza inusual. De improviso algo captó su atención, un movimiento, sutil al principio, poco después demasiado obvio. Habían decenas de esas criaturas dispersas, agazapadas, corriendo por las azoteas, rastreando, olfateando, observando por los patios de luces de los edificios. Parecían ir en búsqueda de algo.

Al cabo de un rato una de ellas pareció encontrar algo. En uno de los patios de luces donde se asomó había una ventana abierta. Una ventana que daba a una galería. Una galería que tenía un calentador encendido. Esa llama azulada era una prueba de lo que buscaban. Se giró y comenzó a saltar. Emitía gruñidos, jadeos, y hacía aspavientos con los brazos para llamar la atención de alguien.

Al cabo de unos minutos de tensa espera varios de esos seres comenzaron a correr y a tratar de señalar al que había encontrado algo. Simultáneamente en lo alto de una buhardilla, agarrado a los cables tensores de una antena de televisión permanecía impasible un no-muerto apolíneo. Escrutaba el horizonte con determinación absoluta, como si leyera en la oscuridad alguna profecía sobre su futuro. A los pocos minutos captó su atención un movimiento cercano. Con un gesto de su enorme mano hizo que cesaran las señas. Saltó de lo alto de la construcción al firme de la terraza y comenzó a avanzar con paso decidido. Iba directamente hacia la terraza donde habían encontrado algo. El resto mientras tanto se arremolinaban expectantes alrededor del explorador que había hecho el hallazgo.

Cuando llegó al borde del patio de luces quiso comprobar con sus propios ojos que era lo que habían descubierto para él. Al ver la llama azul, sus ojos se encendieron. Levantó el brazo y señaló a la puerta que daba acceso al edificio desde la terraza. Era una puerta de madera bastante carcomida. Apenas aguantó dos embestidas de la jauría de monstruos que acababa de enviar escaleras abajo.

Era la hora de ponerse en marcha. Una suave brisa penetró a través de la ventana de Calíope y le rozó el rostro.

Calíope despertó sobresaltada, ya sabía ...

... que venían.

Rainy

sábado, 14 de noviembre de 2009


Abrió la ventana de la galería. Había comenzado a llover. La noche era cerrada. A continuación encendió el calentador usando un par de cerillas que había encontrado en la mesa auxiliar de la cocina. Con paso decidido se encerró en el baño principal dispuesta a darse un generoso baño. Había todo lo necesario. Usó sales que había en un estante para preparar un baño caliente. Se tumbó tratando de relajarse y se puso una toalla caliente en la nuca. Su mente comenzó a procesar todo lo acaecido los últimos días.

Todo había ocurrido demasiado deprisa. Casi sin tiempo de asimilar todos los acontecimientos se había visto obligada a sobrevivir en un mundo que no reconocía. Primero la recomendación y posterior prohibición de salir de casa. Ella se había quedado en casa ya que libraba un par de días seguidos. A su madre todo la pilló trabajando en el hospital y decidió quedarse para ayudar en lo posible. Y su padre, dada la particular profesión de este, si seguía estando en su lugar de trabajo tenía esperanzas de que se encontrara a salvo. El peor parado había sido su hermano. En paradero desconocido desde que empezó todo, cuando apareció infectado en la puerta de casa no pudo hacer otra cosa que encerrarlo y salir corriendo. Tenía que haber una cura, alguien tendría que estar trabajando en ello. La humanidad no podía destruirse de la noche a la mañana.

Vació la bañera y se puso de pie . Abrió el grifo de la ducha, se aclaró y comenzó a enjabonarse de nuevo. Su piel tersa y suave no ofrecía resistencia. Su cuerpo estaba relajado, su alma seguía tensa. Comenzó a extrañar a Tina. Sus manos, sus besos, su cuerpo, hubiera dado cualquier cosa por tenerla allí en ese momento. Comenzó a enjabonarse el pelo al mismo tiempo que las lágrimas comenzaron a surcarle las mejillas. Jamás se lo perdonaría. Habían roto un par de semanas antes del primer caso y desde entonces no había vuelto a saber nada de ella. Sus pensamientos mientras esperaba en su casa la llegada de algún familiar habían sido para su familia e inconscientemente la había apartado de sus pensamientos. Sin embargo ahora como estaba, vulnerable, sola y destrozada, cada pensamiento, cada recuerdo que le venía a la mente era una punzada directa a su corazón. La echaba tanto de menos.

Cuando cerró el grifo de la ducha dejó de llorar. Tenía que rehacerse, tenía que seguir luchando. No podía dejar que la pena la embargara de nuevo. Terminó de secarse y fue a la cocina. Tenía mucha hambre. No se había dado cuenta hasta ese momento que no había comido nada en muchas horas ya. Preparó una cena frugal. Gastó las latas que el anciano tenía abiertas en la nevera, descartó el fiambre, y aprovechó el pan duro que encontró en la panera y algo de fruta bastante madura. Se bebió el zumo cenando, y dejó la leche para el final con unas galletas que encontró en un bote.

Una de las cosas que había aprendido es que tenía que anticiparse y prever los posibles riesgos y las situaciones complicadas. Tenía que estar preparada y lista para cualquier contingencia. Así que antes de irse a la cama tenía que preparar la mochila. Registró superficialmente la casa y encontró algunas cosas que le serían de utilidad: cerillas, pilas para la linterna, una afilada navaja, una toalla limpia de mano, un par de velas, un mechero y algunas latas de comida fueron su botín. No había ropa para ella en la casa aunque la moda había dejado de ser una de sus prioridades.

Estaba demasiado cansada para pensar en nada más. Recogió la mochila y la escopeta y se dirigió a la habitación que estaba al lado del baño principal. Apoyó la escopeta y la mochila al lado de la cama. Se desvistió, se metió en la cama y arrebujándose con las sábanas se quedó profundamente dormida.

Calma

viernes, 13 de noviembre de 2009


Había perdido la noción de cuánto tiempo llevaba allí sentada. La luz seguía siendo muy débil, rojiza, en la lejanía alumbraba las siluetas fantasmagóricas de un largo pasillo.

Se levantó. Comenzó a caminar, arrastraba la mochila al andar mientras mantenía la escopeta apoyada en su hombro derecho. No había luz en la casa salvo aquella al fondo del pasillo. Aunque tampoco era algo que le importara demasiado. A su paso iba dejando habitaciones tras sí. Contó cuatro, todas a su izquierda. Había algún cuadro pero no se detuvo, sus ojos llorosos sólo seguían el débil resplandor rojo. El pasillo terminó en una especie de comedor doble. Eran dos estancias en una. Una zona con sofá y sillones, con el omnipresente televisor, y otra que ejercía de comedor con su mesa grande y con sus seis sillas alrededor. En el medio de la mesa pudo ver sobre una bandeja metálica un cirio rojo, al cual no le quedaba mucha más luz que ofrecer. Dejó la mochila en el suelo apoyada contra una pata de la mesa y cogió el cirio respetuosamente. Sin duda la persona que lo encendió seguía las tradiciones cristianas y honraba a sus difuntos en la festividad de Todos los Santos.

Con esa pequeña iluminación volvió al recibidor, donde se había quedado sentada apartando la vista del interior de cada habitación. Comprobó la puerta y vio que tenía varios pestillos. Los corrió todos. Al darse la vuelta para continuar con su exploración se sobresaltó al comprobar su deplorable aspecto en el espejo que había en el recibidor. Casi no se reconocía. Estaba llena de polvo y de suciedad. Grandes surcos limpios le recorrían las mejillas justo debajo de los ojos. Tenía algunos rasguños y el pelo enmarañado. El chandal se encontraba roto y tiznado por varias partes. Buscó en los cajones del mueble que había debajo del espejo y encontró una pequeña linterna. Ansiosa, presionó el botón y la linterna se encendió.

Llevó de nuevo la vela al lugar que le correspondía y retornó rápidamente a la habitación del principio. La puerta estaba entornada. La abrió con cautela y comprobó que era una habitación grande y espaciosa de matrimonio. Dos cómodas una a cada lado de la cama custodiarían las cosas más preciadas de los dueños, mientras que el doble armario que cruzaba por completo la pared más alejada de la puerta albergaría su ropa. En la cama yacía apaciblemente un anciano de unos ochenta años aproximadamente. Calíope se acercó. Por su rictus llevaría muerto unas veinticuatro horas, no muchas más. Seguramente murió durmiendo y se le había dibujado una última sonrisa en su rostro. Ella pensó que era la mejor forma de abandonar el mundo en la actual situación. Durmiendo y soñando con algo que te hiciera sonreír. Cubrió con la sábana y la manta lo poco que quedaba al descubierto de ese hombre y con pasos cortos y silenciosos, abandonó respetuosamente esa habitación. Cerró la puerta y se dirigió a la siguiente. La primera que pertenecía al pasillo.

Esa puerta estaba abierta. No se entretuvo mucho tiempo en ella. Había una mecedora, un armario, una máquina de coser, y una mesa con ropa, tejidos y carretes de hilos. Continuó su particular búsqueda y lo siguiente que encontró fue un baño. Un baño pequeño, con lavabo, espejo, un mueble pequeño debajo del lavabo y un inodoro. No había ducha ni bañera. Entró en él y comprobó si había agua corriente. Cuál no fue su sorpresa al ver el agua cristalina salir del grifo, probó un poco y descubrió que era potable. Cogió una toalla de mano y poniéndosela al hombro salió del baño a explorar la siguiente habitación.

Acababa de encontrar la cocina. No olía excesivamente mal así que supuso que si encontraba algún alimento no debería estar en mal estado. Ojeó los estantes y la mesa camilla para ver si había algo interesante de un primer vistazo y no vio mucho. Abrió la nevera y estaba fresca pero no fría. Debía estar apagada desde hacía tiempo. Habían un par de latas abiertas, algún que otro fiambre que se aguantaba como podía y varios tetrabriks de zumo, leche y vino. Cerró la puerta de la nevera y vio algo que le llamó más la atención. Al fondo de la cocina había una pequeña galería cuya ventana daba al patio de luces que había visto desde el pasillo del edificio. Tenía un calentador justo encima de la lavadora. Vio los conductos casi instantáneamente y buscó en las puertas bajas del mueble de la cocina. Finalmente encontró una bombona de butano. La agitó y tenía gas. Quizá pudiera darse un capricho antes de irse a la cama.

Continuó con su registro, la cocina desembocaba en el comedor. Ahora con la linterna pudo ver las fotos de la pareja de ancianos tiempo atrás. Fotos de sus hijos casándose, o en comuniones y demás celebraciones. Sin embargo fue la que halló al lado de la bandeja la que la conmovió realmente. Era una foto de la mujer de aquel anciano que debió tomarse mucho tiempo atrás. Se mostraba joven y sonriente a la cámara que la retrató, de fondo aparecían unos jardines y ella parecía que estaba corriendo y giró el rostro para el retrato con su melena castaña al viento. Era guapa, pero lo que más llamó la atención de Calíope fue que irradiaba felicidad. La felicidad que sólo te puede conceder el saberte con la persona a la que amas y que ese amor te es correspondido. Calíope aflojó la linterna y se tuvo que apoyar con las dos manos sobre la mesa. Dolía tanto ...

Poco a poco como pudo regresó a su tarea. Al fondo del comedor había una puerta. Esta daba a otra habitación con una cama sencilla que se comunicaba mediante una ventana con la cocina. Al lado de esta habitación se encontraba el baño principal, este sí con bañera y bastante más amplio que el otro. Sólo restaba el balcón que se encontraba al otro lado del comedor, con las cortinas echadas y las persianas bajadas, no consideró que hubiera que llamar la atención abriéndolo.