viernes, 16 de octubre de 2009
miércoles, 14 de octubre de 2009
domingo, 11 de octubre de 2009
jueves, 8 de octubre de 2009
martes, 6 de octubre de 2009
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Todo parecía normal, tranquilo, de no ser por ese tintineo incesante. Súbitamente se alarmó, ese sonido era el que la había despertado, no la débil luz del sol que trataba inútilmente de atravesar las nubes de tormenta. No vio nada raro. No había nadie a excepción de ella misma en el solar. No había signos de infectados por los alrededores. Miró con más detenimiento y en ese momento la vio. La cadena que sujetaba las dos verjas que hacían de puerta colgaba de una de ellas sin el candado. El corazón le dio un vuelco. No podía creer lo que estaba viendo. Se levantó sin perder un segundo y corrió desesperada hacia la verja. Cuando su campo de visión alcanzó a divisar lo que había al otro lado se detuvo en seco. Habían por lo menos cien de esos seres al otro lado de la verja. Todos parados, aguardando, mirando fijamente a Calíope a través de las verjas, ahora abiertas.
Calíope retrocedió, totalmente desconcertada. No era posible, no era posible que hubieran conseguido abrir el candado o romperlo. Habría hecho falta una cizalla, y ellos no usaban herramientas!
Se alejó todo lo que pudo de la entrada del recinto y buscó el muro. Se encaramó con un salto grácil y se puso de pié en lo alto de aquella parte del mismo. Lo que vio la dejó helada. Era imposible contarlos. En todas direcciones se extendían cientos de esos seres, quién sabe cuantos, debían haber venido de otras zonas porque en su urbanización no había tanta gente. Estaba completamente rodeada, no había escapatoria. Por primera vez desde que todo empezó se planteó realmente la posibilidad de terminar como una de ellos. La mera idea le revolvió el estómago. La desesperación le hizo mirar hacia el terraplén. Si conseguía el suficiente impulso y después trepaba como pudiera, quizá hubiera una escapatoria. No eran muchos los que cubrían el muro por ese lado ya que no tenían mucho espacio ahí abajo. Se decidió y comenzó a correr hacia ese lado, no iba muy deprisa ya que pasara lo que pasase no podía caer del muro. Tenía que mantener el equilibrio a toda costa.
Algunos brazos se alzaron a su paso y trataron de asirle algún tobillo, pero estaba fuera de su alcance. Ninguna de esas criaturas saltó en algún momento. Cuando encaró la parte que daba al terraplén eligió el momento adecuado y saltó. Voló un par de metros y aterrizó en plena pared de lodo, hundió sus manos en él y comenzó a trepar con el mejor ritmo que pudo. No miró atrás, no debía, debía concentrarse en trepar, en subir a la mayor brevedad. Cuándo estuviera arriba correría hacia el este, hacia la urbe más cercana. Ya casi lo había logrado, un poco más, se animó. Tenía el pulso acelerado, la respiración entrecortada. Estaba completamente perdida de barro, pero todo eso no importaba, tenía que salir de allí, menuda idea había tenido, meterse en una ratonera. Tomó nota mental de la situación para en un futuro, si sobrevivía no volver a repetir semejante error. Ya estaba casi, un par de agarres más y estaría levantándose arriba. Subió el brazo derecho primero, apoyó la mano y justo en ese instante, una mano la cogió del cuello y tiró de ella.
El brazo debía de ser enorme, o quien tirara de ella poseía una fuerza descomunal. La presa la asfixiaba y al mismo tiempo le presionaba la carótida, notaba como los músculos del cuerpo se atenazaban, seis segundos más y estaría muerta. Se encontraba suspendida en el aire, pataleaba, trataba de gritar pero era incapaz, su resistencia fue fútil. Al cabo de unos segundos que parecieron siglos, comenzó a ver la escena desde otra perspectiva. Su cuerpo colgaba inerte de la mano de aquel monstruo. Medía casi dos metros y en otro tiempo podría haber sido un hombre bien parecido de unos cuarenta años con una complexión atlética formidable. Ahora era uno de ellos. Pero tenía un halo que lo hacía distinto, más peligroso, mucho más amenazador. Mientras sacudió su cadáver y lo lanzó al vacío profirió un grito espeluznante, un grito de victoria.
Acababa de amanecer cuando Calíope despertó...
domingo, 27 de septiembre de 2009
Cuando Calíope abrió la puerta no imaginaba lo que se iba a encontrar al otro lado, ni siquiera en sus peores pesadillas podría haberlo vivido. El tiempo pareció detenerse y lo que para ella pareció una eternidad en realidad sucedió en unos pocos segundos. En el marco de la puerta, perfilado contra la luz de una farola de la urbanización estaba su hermano. De no existir esa farola lo habría abrazado sin dudarlo. Pero la imagen que la petrificó ya no era él. Llevaba la ropa con la que había salido de casa hacía ya varios días, estaba sucia, manchada y rota por varios sitios. Su cara aparecía totalmente demacrada, ensangrentada, con la boca abierta, los dientes podridos y amarillentos, sus ojos carentes de toda expresión aparecían vacíos en sus cuencas. El sonido que Calíope había oído en la puerta era el muñón de la mano derecha de lo que había sido su hermano. Parecía que le habían arrancado la mano a mordiscos, y con el hueso era con lo que había rascado la puerta, tratando de llamar, como si hubiera olvidado que había un timbre.
De repente se abalanzó sobre ella, su movimiento fue rápido, muy rápido. Con los brazos extendidos trató de abrazar a Calíope y morderle para saciar su hambre, ese hambre no humana que se apoderaba de todos los infectados.
Ella lo esquivó como movida por un resorte, se apartó con un movimiento felino y dejó su pierna cruzada en el camino de su ya extinto hermano. Él no pudo hacer nada más que tropezar y caer de bruces al suelo justo en el mismo sitio donde había estado su hermana hacía un segundo. Gruñó como desencantado con el resultado, pero Calíope no vaciló, con lágrimas en los ojos, cruzó el umbral de la puerta y rápidamente la cerró de un portazo encerrando a su hermano en la casa familiar. Quizá algún día podría volver con una vacuna o una cura, quien sabe.
La escena en el portal de la casa de Calíope no pasó inadvertida para sus "nuevos" vecinos. Y estos comenzaron a acercarse con sus habituales gemidos y gorjeos. Era un grupo no demasiado numeroso, la mayoría conocidos, vecinos, trabajadores de la zona, ni rastro de sus padres. El grueso del grupo iba andando hacia la casa desde distintas direcciones pero un par de adolescentes se lanzó a la carrera desde el comienzo de la calle. Tenía que actuar deprisa, no había tiempo para sentimientos ni para ponerse a decidir.
Canalizó todo su miedo y lo empleó en hacer una cosa que se le daba muy bien, realmente bien, correr. Corrió firme y rápidamente por la única calle por donde no parecía que viniera ninguno de esos seres. Corrió a un ritmo infernal y muy pronto tuvo una distancia de ventaja más que suficiente para pararse a recuperar el resuello, si lo hubiera perdido. En lugar de detenerse bajó el ritmo y continuó corriendo esta vez con un rumbo fijo, ya sabía dónde iba a ir.
Un poco más allá de las últimas casas de la urbanización, en la dirección que llevaba, había una especie de terraplén que terminaba en una zona en construcción, allí había una parcela acotada por muros de cemento, abandonada meses antes de la infección. Allí estaría segura, podría descansar y pensar en su próximo movimiento.
Súbitamente algo la sacó de sus pensamientos. Un ruido en unos arbustos a su izquierda. Incrementó el ritmo que había bajado desde hacía unos minutos, casi no vio salir de entre los arbustos al dueño del gimnasio de la urbanización. Tenía la mandíbula desencajada de rabia, y los ojos inyectados en sangre. Estaba muy cerca ya del terraplén, no podía dejar que la cogiera uno de ellos ahora. Él salió a toda carrera detrás de ella emitiendo un grito que le heló la sangre. La descarga de adrenalina fue inmensa. Ella aceleró todo lo que daban de sí sus ya cansadas piernas, consiguió mantenerlo a raya unos metros, aunque notaba su aliento en la espalda, no podía girarse para ver dónde estaba, demasiado cerca pensó, no lo conseguiré. Siguió corriendo como alma que lleva el diablo, ya estaba cerca el terraplén, muy cerca, tres pasos, dos, y saltó. El saltó fue bastante bueno, prácticamente salvó la distancia con la parte del muro que tenía más cerca y cayó dentro de la zona vallada. La caída no fue tan buena como el salto, se golpeó la cadera y la pierna izquierda se le entumeció. Para el infectado no hubo tanta suerte, se despeñó por el terraplén y se golpeó con el muro de cemento en la base cuando alcanzó el nivel más bajo. Ella esperó que hubiera muerto, o por lo menos que hubiera quedado incapacitado.
Poco a poco fue recuperando el aliento. La pierna le dolía bastante, pero no había tiempo que perder. Cojeando examinó la zona vallada. El muro de cemento era de unos dos metros y todo él permanecía intacto. No había huecos ni resquicios, salvo por la entrada, era una verja metálica de rejilla, cerrada con una gruesa cadena y un candado de los serios. Supondría que aguantaría si alguna de esas criaturas trataba de alcanzarla. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se preguntó. La vegetación había crecido bastante en el solar, así que no tardó en encontrar un buen montón de arbustos en un rincón de la zona alejada de la entrada donde poder tumbarse y descansar.
A los pocos minutos se quedó dormida.