Dieciséis

viernes, 16 de octubre de 2009


Justo a la derecha había un cuarto de limpieza con una puerta al fondo que parecía ser la salida. Su plan inicial era haber salido por la misma puerta de la farmacia por la que había entrado aunque claro, ahora se veía en la obligación de improvisar. Alcanzó la puerta, quitó la barra que la atrancaba y la empujó hacia fuera. Un callejón estrecho la aguardaba.

Conforme atravesó el umbral y trató de cerrarla tras de sí cuatro brazos aparecieron de la nada, estaban allí, justo detrás de ella, y ahora impedían que pudiera cerrar la puerta. Era demasiado tarde para ello. Estaba medio desequilibrada, casi cayéndose, no los había oído, el pitido en los oídos seguía siendo persistente. Apoyó su pierna izquierda en la puerta y se impulsó para darles con ella y además conseguir unos metros de ventaja. Saltó un par de metros hacia atrás, apuntó la escopeta y disparó al bulto sin dudarlo. La lluvia de proyectiles impactó en el grueso de los dos zombies. La mujer algo más bajita que el hombre, a parte de las quemaduras y la metralla se debía haber partido varios huesos importantes contra el mostrador: el brazo derecho le colgaba a un nivel más bajo que la clavícula, arrastraba un pie sin al parecer importarle lo más mínimo y las dos manos se encontraban formando ángulos imposibles. Se desplomó con el primer disparo ya que muchos de los proyectiles le impactaron en la cabeza. El zombie masculino que no se encontraba tan dañado como su contrapartida en cambio corrió hacia Calíope saboreando ya su presa. Ella no le dio ninguna oportunidad, subió un poco el ángulo de la escopeta y volvió a disparar. Esta vez no falló y la cabeza del desgraciado salpicó de rojo los cubos de basura del callejón.

Cerró la puerta que daba al callejón y la atrancó desde fuera con la barra que sacó de dentro. Era la hora del control de daños. Ella estaba relativamente bien, la explosión había sido muy potente y a pesar de su proximidad había salido bastante bien parada. No tenía rasguños ni heridas de la persecución. Tan solo ese pitido incesante que atenuó bastante el ruido de la escopeta cuando la disparó.

Se palpó los oídos y descubrió que había sangrado por uno de ellos. Sacó unas gasas y se limpió cuidadosamente. Con el material que disponía no podía hacer mucho más, sólo esperaba recuperar con el paso de las horas toda su capacidad auditiva o al menos la gran mayoría. No podía imaginarse un escenario más peligroso que en el que se había convertido el mundo para una persona sorda. Tenía que dejar esas ensoñaciones para más tarde, las criaturas que la habían perseguido hasta hacía unos segundos yacían inertes a su alrededor. Las examinó más detenidamente. Estaban muy magulladas, golpeadas, chamuscadas, parecían dos muñecos dummy después de un ensayo. Tenían multitud de huesos rotos, sangraban por algunas partes y por otras nada. Sin duda lo único que había conseguido acabar con ellos era la destrucción de parte de su cabeza cuando no la de toda. La zombie hembra había perdido media cara y con ella parte del cráneo y de masa encefálica, eso había bastado. El zombie macho perdió la cabeza por completo (no como la solían perder los hombres por ella tiempo atrás), eso también funcionaba. Tomó nota mental de todo y decidió continuar.

Recargó los dos cartuchos que había disparado. La explosión podría atraer a más de esos seres desde donde estuvieran y había que estar preparada. Se tendría que haber escuchado en la mayor parte de la ciudad así que no había tiempo que perder. La avenida principal por la que había llegado ya no iba a ser segura, lo mejor era que se desviara de su ruta inicial y ya sabía hacia dónde se iba a dirigir.

Megades

miércoles, 14 de octubre de 2009


Conforme iba entrando en la farmacia una sensación de que algo no iba bien la embargó por completo. No sabía decir a ciencia cierta qué era lo que la escamaba pero estaba ahí, era palpable. Hacía tiempo que su intuición femenina se había agudizado, era extraño y hasta algo que escapaba a toda lógica pero venía sucediendo de un tiempo a esta parte. Esa especie de sexto sentido la empujaba a avanzar, la empujaba hacia dentro de la farmacia.

Era imposible no hacer ruido con tanto cristal esparcido por el suelo pero se concentró en hacer el mínimo posible. Necesitaba ciertas cosas que seguro encontraría allí. Se deslizó tras el mostrador y comenzó a inspeccionar los estantes medio vacíos. Sin duda las mejores medicinas se encontraban en la trastienda. Hacia allí se encaminó con paso decidido cuando inesperadamente oyó algo golpear el suelo con fuerza, el sonido provenía de su derecha, apenas dos metros de distancia. Instintivamente se lanzó hacia la izquierda, apuntó a la dirección de la que provenía el ruido y se preparó a disparar. Fue casi instantáneo, la enorme rata que acababa de saltar de un taburete se escabulló entre las cajas que había esparcidas por todo el suelo. El tiempo apremiaba, recolectó todo lo que pudo que sabía le podría ser de utilidad: vendas, analgésicos, casi toda la familia de medicamentos acabados en -ina, material quirúrgico menor, inyecciones, diversas cremas, betadine,... con todo consiguió un botiquín de campaña del que cualquier médico podría estar orgulloso en cualquier conflicto armado.

Cuando terminaba de guardar unos profilácticos se dio cuenta de que alguien acababa de entrar en la farmacia. Era una pareja, los dos infectados, no es que fueran juntos, pero ¿cómo coño sabían que estaba allí dentro? Aparecieron de improviso, los dos harapientos, los dos ensangrentados, los dos hambrientos. Abrieron sus fauces y se lanzaron a perseguir a su presa. En ese instante Calíope se dio cuenta de cuán distintos eran como personas, y de cuán iguales eran una vez la infección tomaba el control.

Repentinamente tuvo la sensación como si el tiempo se hubiera ralentizado, durante unas milésimas de segundo se hizo el silencio, no oía el calzado de ellos aplastando los cristales de la entrada mientras se abalanzaban sobre el mostrador, no oía su respiración acelerada y entrecortada, no oía como se giraba y se apoyaba contra una estantería suspirando para coger fuerzas con las que usar la escopeta, pero sí que oyó los latidos de su corazón, uno, dos, ...

La onda expansiva arrolló todo lo que encontró en la avenida, fue como una implosión, absorbiendo parte de todo lo que había a su alrededor y después proyectándolo muy lejos del epicentro. Al instante un fuego químico se hizo cargo del resto. Esa onda catapultó a los infectados hacia el interior de la farmacia y los empotró salvajemente contra el mostrador. Los cristales volaron, el metal se retorció, la metralla hizo mella en todas partes, nada escapó a la tremenda explosión. El fuego llegó a entrar en la farmacia aunque no recorrió muchos metros. La lluvia de medicamentos parecía no tener fin… Las estanterías y la pared de la trastienda amortiguaron el efecto de la onda expansiva, aunque estuvo a punto de caérsele toda la estantería encima aguantó. El camión cisterna en el que se había fijado hacía unos minutos detenidamente no presentaba ninguna fuga, no habían charcos de gasolina ni de ningún tipo, ¿cómo coño había explotado?

En aquel momento de confusión sólo tenía una cosa en mente: Huir. Mientras buscaba una salida en la trastienda de la farmacia se preguntaba qué superviviente habría hecho volar por los aires ese maldito camión cisterna, y por qué lo habría hecho. Ensimismada en sus pensamientos y ensordecida por la explosión permaneció ajena a los dos zombies que comenzaban a levantarse de nuevo.

Llegada

domingo, 11 de octubre de 2009


Tap, tap, tap, sonaban sus pisadas solitarias contra el asfalto. Atrás, en el lado derecho de la carretera acababa de dejar otra urbanización, al contrario que la suya esta era de edificios altos y repletos de personas o de cadáveres o de infectados ya no sé podía saber a estas alturas. A su izquierda y por debajo del nivel de la vía se alzaba un pequeño centro comercial: un gimnasio, un par de restaurantes de comida rápida, una tienda cara de juguetes, un supermercado y el fastuoso concesionario de coches de una marca japonesa venida a menos, claro como si eso le importara ahora. Ni rastro de vida humana. Sí que veía a lo lejos a alguno de esos seres deambulando sin rumbo aparente por los parkings del centro comercial, pero ellos desde tanta distancia no repararon en ella.

Continuó corriendo hasta que encaró la bajada de la carretera, la cual terminaba por fin en el principio de la ciudad. Llegó a lo que tuvo que ser el puesto de mando de la evacuación por esa salida de la ciudad. Habían varios vehículos militares formando una especie de embudo por el que se suponía que debería haber pasado la gente, ordenadamente, sin prisas pero sin pausas. Varios de ellos se encontraban volcados, y otros incendiados. Sin duda el caos también pasó por aquí. Era curioso porque no había rastro de aquellos seres tampoco, era como si se hubieran marchado a otra parte seguramente a buscar alimento donde todavía no se hubiera acabado. Ese pensamiento le hizo recordar que tenía hambre, que estaba cansada, y que la ciudad sería un sitio mucho más peligroso que cualquier otro por la alta concentración de personas que vivían allí. Tenía que ir con pies de plomo, evitar ser vista, oída, olfateada, o cómo sea que ellos te detectaran. Más aún sin perder la perspectiva tenía que ser pragmática, era buena pensando rápido y su capacidad de análisis también rayaba a un buen nivel, eso la ayudaría sin duda, pero tenía que tener clara una cosa por encima de cualquier otra, no podía permitirse cometer ningún error, no podía caer en una emboscada o en algún sitio del que no hubiera salida o fuera una trampa. Tenía que extremar las precauciones si quería sobrevivir.

Una vez sorteado el punto de control había una gran rotonda con una fuente. En otra ocasión se hubiera refrescado, incluso puede que se hubiera dado un baño, pero el agua roja, estancada, no invitaba a hacer nada que no fuera salir de allí corriendo. Continuó por una avenida principal que si la seguía la llevaría directamente al centro de la ciudad, ya no corría, ahora sólo se desplazaba entre los árboles, quedándose quieta de vez en cuando observando cualquier movimiento a su alrededor, tratando de oír alguna amenaza.

La única cosa positiva que se le ocurría de todo lo que había sucedido era que el mundo se había transformado de la noche a la mañana en un hipermercado monstruoso donde podías coger lo que te diera la gana. Había recogido hacía unos quinientos metros del cadáver inerte de un soldado mutilado una mochila de campaña, de las del ejército, llevaba algunas raciones lo cual era una buena noticia. Se deshizo de todo lo que no necesitaba y ocupaba un espacio valioso, arrojándolo en un arbusto. Había avanzado bastante cuando vio uno de los letreros que andaba buscando. La cruz verde fluorescente. Se encontraba delante de la primera farmacia que había visto desde que entró en la ciudad. Las puertas automáticas de cristal yacían esparcidas por el hall de la farmacia hechas añicos. Hace tiempo alguien debió lanzar una papelera metálica contra ellas para poder entrar. Albergaba la esperanza de que no la hubieran saqueado del todo y pudiera encontrar algunas cosas que necesitaba, empuñó la escopeta con las dos manos y se dispuso a entrar.

Había llegado la hora de ir de compras.

Asfalto

jueves, 8 de octubre de 2009


Determinación, coraje, esperanza, a Calíope le encantaba ensimismarse en sus pensamientos cuando entrenaba. Ahora no estaba entrenando sin embargo se preguntaba si quizá no fuera una adicta a las emociones o una masoquista emocional. No obstante mientras corría por la carretera con rumbo fijo a la ciudad era imposible no pensar en esos tres sentimientos.

Determinación de tener un destino, de tener un camino y unos objetivos. Iba a sobrevivir, pasara lo que pasase, porque para rendirse se hubiera quedado en su casa, con su hermano. Iba a averiguar qué les había pasado a sus padres. Iba a encontrar a algo o a alguien que le diera respuestas, o un sitio donde poder vivir, o la cura de todo aquel mal, no lo tenía claro del todo.

Coraje para continuar hacia delante, para seguir sobreviviendo hora tras hora, aunque para ello tuviera que hacer cosas terribles.

Esperanza porque sin ella no somos nada. Sin la Esperanza de algo mejor, de una solución a algún problema, de encontrar lo que buscamos, no somos nadie. Nos apagamos como las velas y esperamos a que nos llegue la hora. Y ella no estaba dispuesta a dejar que le pasara nada de eso.

Ver el paisaje de la carretera repleta no hacía más que incrementar el sentimiento de desasosiego en ella. Coches abandonados, coches estrellados, puertas abiertas con miembros colgando de ellas, cadáveres mutilados por doquier, ni rastro de nada que se moviera exceptuándola a ella. Había sangre en el asfalto, sangre en las ventanillas, en los capós de los coches, en los parabrisas. Era una escena dantesca que se repetía sin cesar kilómetro a kilómetro. Aunque tenía cuidado de no pisar los charcos de sangre en determinados tramos era completamente imposible. Los dos carriles de salida de la ciudad estaban completamente colapsados. Así que iba por la parte de la mediana cuyo sentido iba directamente hacia la ciudad. Muchos vehículos trataron de escapar de la ciudad también por esos carriles, el pánico tuvo que cundir y comenzaron los accidentes. Calíope se detuvo a escasos metros de la mediana cuando vio un vehículo de policía. Por fin lo que andaba buscando.

Se encontraba empotrado contra la mediana, pero con un poco de suerte podría encontrar algo que le sirviera. Se acercó con cautela, siempre sigilosamente, tratando de escucharlos, tratando de anticiparse a cualquier peligro. Subió la mediana y miró el coche con detenimiento. Parecía que el conductor estuviera empotrado contra el volante, el parabrisas se encontraba completamente agrietado por dentro y cubierto de sangre evitaba así que pudiera ver cualquier detalle del interior. Bajó de la mediana por el lado de la puerta del acompañante y despacio se acercó al vehículo. Escuchó por si había alguna señal que procediera de dentro del coche patrulla pero sólo percibió un leve chisporroteo. Lentamente abrió la puerta, con mucho cuidado y siempre preparada para dar un portazo y alejarse corriendo. El policía o lo que quedaba de él estaba muerto. Supuso que murió antes de que se lo comieran. No llevaba puesto el cinturón de seguridad así que tuvo que ser casi instantáneo. Ahora yacía sobre el volante, el mismo que le golpeó el pecho, sólo que sin tripas y sin piernas, todo devorado. Calíope estuvo a punto de vomitar, pero no lo hizo. Examinó bien el interior del vehículo: las llaves seguían puestas, el policía llevaba su pistola al cinto, la escopeta de dotación seguía en el medio del habitáculo, ni rastro del compañero aunque en su lugar había un buen reguero de sangre, la radio del coche chisporroteaba y no ofrecía señales de vida. Eligió la escopeta, en su opinión era lo más versátil, se la podría llevar ajustada a la espalda con un nudo corredizo, y en caso de encuentro sabía que sería mucho más efectiva que la pistola, por no hablar de que no había disparado nunca. Había visto muchas heridas de escopeta y tenía claro que sería mucho más sencillo alcanzarlos con un cono de postas que con una bala, o eso pensó en ese momento. Tampoco podía cargar en exceso, si tuviera que escapar de alguno de los más rápidos necesitaría ir ligera de equipaje. Cogió la escopeta y la cargó con todos los cartuchos que pudo, como había visto en las películas. El resto de cartuchos se los metió en los bolsillos con cremallera de la chaqueta. En total llevaba dieciocho cartuchos, menos daba una piedra. Se ajustó la correa a la espalda y continuó la marcha.

Llevaba recorridos prácticamente cinco kilómetros de distancia cuando se encontró con una imagen que le hizo detenerse. Era como si hubieran metido una sierra mecánica dentro de ese autobús, y hubieran esparcido los restos por toda la carretera. Empezó a andar despacio entre aquella casquería, prestando atención a cualquier ruido o indicio de actividad hostil. Vigilaba detenidamente las dos puertas abiertas del autobus esperando que algo saliera de ellas en cualquier momento. Repentinamente, un brazo salió de debajo de un coche al que distraídamente se había acercado demasiado y le asió el tobillo derecho. Asustada Calíope trató de zafarse pero la presa era muy fuerte, trató de apartarse y consiguió que el tronco superior de ese ser saliera de debajo del coche. Entonces le propinó una brutal patada en la cabeza con el pie libre, el infectado aflojó la presa y Calíope con un movimiento descendente le aplastó la cabeza contra el asfalto empleando para ello la culata de la escopeta.

Cuando sus pulsaciones se hubieron normalizado reemprendió la marcha sin más dilación. Se le estaba haciendo tarde. Mientras se alejaba no dejaba de pensar en lo que acababa de suceder, ese hombre, o en lo que coño se hubiera convertido, llevaba un uniforme de ATS, la alianza en su mano denotaba que estaba casado, probablemente acababa de matar al padre de una familia. Comenzó a sollozar, débilmente notaba como poco a poco su moral la iba abandonando. Maldijo entre dientes y enjugándose las lágrimas con la manga del chandal siguió corriendo.

Comienzo

martes, 6 de octubre de 2009


Despertó empapada en sudor, tiritando de frío. Esa noche refrescó bastante y la vegetación del solar tenía una fina capa de rocío. La humedad hizo el resto. Durmió prácticamente de un tirón, aunque la última pesadilla la sacó de su descanso. Se sentía dolorida y magullada. El dolor de la pierna había remitido un poco, pero en la cadera si presionaba le dolía a rabiar. La mañana era fría y después de haber pasado la noche al raso estaba más que constipada. Veríamos si no derivaba esto en algo peor. Se incorporó en su cama improvisada y miró directamente en dirección a la verja. Estaba cerrada. Escudriñó los alrededores y no vio nada ni nadie que no estuviera por la noche.

Se acercó lentamente a la verja, quería ver si tenía compañía antes de decidir cuál iba a ser su siguiente paso. Poco a poco se fue acercando pegada a la pared del muro para no ser vista desde la verja. Cuando estuvo ya al lado de la verja tuvo que asomarse un poco, ladeó rápidamente la cabeza y atisbó durante un segundo. Oyó un gemido. Al poco una vez resguardada de nuevo, oyó un par más. Volvió a asomarse desde su escondrijo, ahora los veía. Habían cuatro de esos seres, todos de pie, todos junto a la verja, todos hambrientos. Ninguno se abalanzó sobre la verja cuando ella asomó la cabeza, tampoco corrían ni se mostraban frenéticos como los otros. Sabía que no debía fiarse. Todos eran igual de peligrosos, unos por su número y otros por su rabia incontenible.

Se alejó y buscó la pared este sin perder mucho tiempo. Debía aprovechar las horas de luz para desplazarse y después encontrar un refugio seguro antes de que anocheciese. Mientras se dirigía a la pared echó un vistazo por el solar para ver si encontraba algo que mereciera la pena, quién sabe lo que la gente arroja en cualquier parte. Desgraciadamente no hubo suerte. Bien, el plan estaba claro. Habían aproximadamente nueve kilómetros desde la urbanización a la ciudad, los recorrería corriendo por la carretera principal, no creía que a estas alturas se encontrara con tráfico la verdad, y sería mucho más fácil ver si alguien se acercaba o la seguía que en calles estrechas. Quien sabe quizás se encontrara con algún superviviente, quizás fueran juntos a algún lugar seguro, quien sabe. La carretera contaba con dos carriles en cada sentido así que esperaba correr cómoda y en caso de imprevisto verlo venir con antelación. La suficiente como para desviarse a tiempo de un desafortunado encuentro.

Comenzó a calentar, quería quitarse el frío del cuerpo, tenía que desentumecer los músculos, además no sabía a qué velocidad le harían correr los bichos con los que se encontrara. No habían opciones, tenía que prepararse para cualquier cosa, trabajó bien los tobillos, no quería hacerse un esguince al caer del muro al otro lado. Se aupó a lo alto del muro, tumbada esta vez, preparada para dejarse caer por un lado o por el otro en función de lo que le esperara al otro lado de esa cara este. No había nadie. Se descolgó e inmediatamente comenzó a correr hacia su destino. Allí encontraría respuestas.

Cuando la tragedia sopla a través de tu vida como una tormenta, arrancándolo todo a su paso y creando el caos más absoluto, tienes que aguardar a que el polvo se asiente y es entonces cuando eliges. Puedes vivir entre los escombros y pretender que siguen siendo la casa que todavía recuerdas o puedes salir de entre los escombros y empezar a reconstruirla. Porque después de sufrir una catástrofe lo más importante es seguir hacia delante. Aunque si eres como Calíope lo que harás es perseguir a la tormenta.

Oniros

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Acababa de amanecer cuando Calíope despertó. Era extraño pero había dormido de un tirón, era la primera vez desde que estalló el incidente. Se sentía bien. Había descansado y prácticamente el dolor de la pierna y la cadera habían desaparecido. La mañana era fría, sin embargo ella se encontraba cómoda con el frescor matutino. Se incorporó en su lecho de arbustos y miró a su alrededor.

Todo parecía normal, tranquilo, de no ser por ese tintineo incesante. Súbitamente se alarmó, ese sonido era el que la había despertado, no la débil luz del sol que trataba inútilmente de atravesar las nubes de tormenta. No vio nada raro. No había nadie a excepción de ella misma en el solar. No había signos de infectados por los alrededores. Miró con más detenimiento y en ese momento la vio. La cadena que sujetaba las dos verjas que hacían de puerta colgaba de una de ellas sin el candado. El corazón le dio un vuelco. No podía creer lo que estaba viendo. Se levantó sin perder un segundo y corrió desesperada hacia la verja. Cuando su campo de visión alcanzó a divisar lo que había al otro lado se detuvo en seco. Habían por lo menos cien de esos seres al otro lado de la verja. Todos parados, aguardando, mirando fijamente a Calíope a través de las verjas, ahora abiertas.

Calíope retrocedió, totalmente desconcertada. No era posible, no era posible que hubieran conseguido abrir el candado o romperlo. Habría hecho falta una cizalla, y ellos no usaban herramientas!

Se alejó todo lo que pudo de la entrada del recinto y buscó el muro. Se encaramó con un salto grácil y se puso de pié en lo alto de aquella parte del mismo. Lo que vio la dejó helada. Era imposible contarlos. En todas direcciones se extendían cientos de esos seres, quién sabe cuantos, debían haber venido de otras zonas porque en su urbanización no había tanta gente. Estaba completamente rodeada, no había escapatoria. Por primera vez desde que todo empezó se planteó realmente la posibilidad de terminar como una de ellos. La mera idea le revolvió el estómago. La desesperación le hizo mirar hacia el terraplén. Si conseguía el suficiente impulso y después trepaba como pudiera, quizá hubiera una escapatoria. No eran muchos los que cubrían el muro por ese lado ya que no tenían mucho espacio ahí abajo. Se decidió y comenzó a correr hacia ese lado, no iba muy deprisa ya que pasara lo que pasase no podía caer del muro. Tenía que mantener el equilibrio a toda costa.

Algunos brazos se alzaron a su paso y trataron de asirle algún tobillo, pero estaba fuera de su alcance. Ninguna de esas criaturas saltó en algún momento. Cuando encaró la parte que daba al terraplén eligió el momento adecuado y saltó. Voló un par de metros y aterrizó en plena pared de lodo, hundió sus manos en él y comenzó a trepar con el mejor ritmo que pudo. No miró atrás, no debía, debía concentrarse en trepar, en subir a la mayor brevedad. Cuándo estuviera arriba correría hacia el este, hacia la urbe más cercana. Ya casi lo había logrado, un poco más, se animó. Tenía el pulso acelerado, la respiración entrecortada. Estaba completamente perdida de barro, pero todo eso no importaba, tenía que salir de allí, menuda idea había tenido, meterse en una ratonera. Tomó nota mental de la situación para en un futuro, si sobrevivía no volver a repetir semejante error. Ya estaba casi, un par de agarres más y estaría levantándose arriba. Subió el brazo derecho primero, apoyó la mano y justo en ese instante, una mano la cogió del cuello y tiró de ella.

El brazo debía de ser enorme, o quien tirara de ella poseía una fuerza descomunal. La presa la asfixiaba y al mismo tiempo le presionaba la carótida, notaba como los músculos del cuerpo se atenazaban, seis segundos más y estaría muerta. Se encontraba suspendida en el aire, pataleaba, trataba de gritar pero era incapaz, su resistencia fue fútil. Al cabo de unos segundos que parecieron siglos, comenzó a ver la escena desde otra perspectiva. Su cuerpo colgaba inerte de la mano de aquel monstruo. Medía casi dos metros y en otro tiempo podría haber sido un hombre bien parecido de unos cuarenta años con una complexión atlética formidable. Ahora era uno de ellos. Pero tenía un halo que lo hacía distinto, más peligroso, mucho más amenazador. Mientras sacudió su cadáver y lo lanzó al vacío profirió un grito espeluznante, un grito de victoria.

Acababa de amanecer cuando Calíope despertó...

Carrera

domingo, 27 de septiembre de 2009

Era una fría noche, oscura, que no hubiera invitado a salir en condiciones normales, mucho menos en estos tiempos tenebrosos.

Cuando Calíope abrió la puerta no imaginaba lo que se iba a encontrar al otro lado, ni siquiera en sus peores pesadillas podría haberlo vivido. El tiempo pareció detenerse y lo que para ella pareció una eternidad en realidad sucedió en unos pocos segundos. En el marco de la puerta, perfilado contra la luz de una farola de la urbanización estaba su hermano. De no existir esa farola lo habría abrazado sin dudarlo. Pero la imagen que la petrificó ya no era él. Llevaba la ropa con la que había salido de casa hacía ya varios días, estaba sucia, manchada y rota por varios sitios. Su cara aparecía totalmente demacrada, ensangrentada, con la boca abierta, los dientes podridos y amarillentos, sus ojos carentes de toda expresión aparecían vacíos en sus cuencas. El sonido que Calíope había oído en la puerta era el muñón de la mano derecha de lo que había sido su hermano. Parecía que le habían arrancado la mano a mordiscos, y con el hueso era con lo que había rascado la puerta, tratando de llamar, como si hubiera olvidado que había un timbre.

De repente se abalanzó sobre ella, su movimiento fue rápido, muy rápido. Con los brazos extendidos trató de abrazar a Calíope y morderle para saciar su hambre, ese hambre no humana que se apoderaba de todos los infectados.

Ella lo esquivó como movida por un resorte, se apartó con un movimiento felino y dejó su pierna cruzada en el camino de su ya extinto hermano. Él no pudo hacer nada más que tropezar y caer de bruces al suelo justo en el mismo sitio donde había estado su hermana hacía un segundo. Gruñó como desencantado con el resultado, pero Calíope no vaciló, con lágrimas en los ojos, cruzó el umbral de la puerta y rápidamente la cerró de un portazo encerrando a su hermano en la casa familiar. Quizá algún día podría volver con una vacuna o una cura, quien sabe.

La escena en el portal de la casa de Calíope no pasó inadvertida para sus "nuevos" vecinos. Y estos comenzaron a acercarse con sus habituales gemidos y gorjeos. Era un grupo no demasiado numeroso, la mayoría conocidos, vecinos, trabajadores de la zona, ni rastro de sus padres. El grueso del grupo iba andando hacia la casa desde distintas direcciones pero un par de adolescentes se lanzó a la carrera desde el comienzo de la calle. Tenía que actuar deprisa, no había tiempo para sentimientos ni para ponerse a decidir.

Canalizó todo su miedo y lo empleó en hacer una cosa que se le daba muy bien, realmente bien, correr. Corrió firme y rápidamente por la única calle por donde no parecía que viniera ninguno de esos seres. Corrió a un ritmo infernal y muy pronto tuvo una distancia de ventaja más que suficiente para pararse a recuperar el resuello, si lo hubiera perdido. En lugar de detenerse bajó el ritmo y continuó corriendo esta vez con un rumbo fijo, ya sabía dónde iba a ir.

Un poco más allá de las últimas casas de la urbanización, en la dirección que llevaba, había una especie de terraplén que terminaba en una zona en construcción, allí había una parcela acotada por muros de cemento, abandonada meses antes de la infección. Allí estaría segura, podría descansar y pensar en su próximo movimiento.

Súbitamente algo la sacó de sus pensamientos. Un ruido en unos arbustos a su izquierda. Incrementó el ritmo que había bajado desde hacía unos minutos, casi no vio salir de entre los arbustos al dueño del gimnasio de la urbanización. Tenía la mandíbula desencajada de rabia, y los ojos inyectados en sangre. Estaba muy cerca ya del terraplén, no podía dejar que la cogiera uno de ellos ahora. Él salió a toda carrera detrás de ella emitiendo un grito que le heló la sangre. La descarga de adrenalina fue inmensa. Ella aceleró todo lo que daban de sí sus ya cansadas piernas, consiguió mantenerlo a raya unos metros, aunque notaba su aliento en la espalda, no podía girarse para ver dónde estaba, demasiado cerca pensó, no lo conseguiré. Siguió corriendo como alma que lleva el diablo, ya estaba cerca el terraplén, muy cerca, tres pasos, dos, y saltó. El saltó fue bastante bueno, prácticamente salvó la distancia con la parte del muro que tenía más cerca y cayó dentro de la zona vallada. La caída no fue tan buena como el salto, se golpeó la cadera y la pierna izquierda se le entumeció. Para el infectado no hubo tanta suerte, se despeñó por el terraplén y se golpeó con el muro de cemento en la base cuando alcanzó el nivel más bajo. Ella esperó que hubiera muerto, o por lo menos que hubiera quedado incapacitado.

Poco a poco fue recuperando el aliento. La pierna le dolía bastante, pero no había tiempo que perder. Cojeando examinó la zona vallada. El muro de cemento era de unos dos metros y todo él permanecía intacto. No había huecos ni resquicios, salvo por la entrada, era una verja metálica de rejilla, cerrada con una gruesa cadena y un candado de los serios. Supondría que aguantaría si alguna de esas criaturas trataba de alcanzarla. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se preguntó. La vegetación había crecido bastante en el solar, así que no tardó en encontrar un buen montón de arbustos en un rincón de la zona alejada de la entrada donde poder tumbarse y descansar.

A los pocos minutos se quedó dormida.