Antecedentes

sábado, 26 de diciembre de 2009


Jon era un hombre encantador. No sólo la había acogido sin reparos y había confiado ciegamente en una mujer armada, sino que le había abierto las puertas de su refugio y no contento con eso le había preparado un manjar digno de otros días más felices y algo menos sombríos. Calíope meditaba sobre ello mientras él había ido en busca de una botella de vino. En aquel momento se prometió a sí misma disfrutar del día y de la compañía.

- Bueno, ya estoy aquí. No he tardado mucho, no?- preguntó con una sonrisa en los labios, mientras descorchaba una botella de vino blanco bien fría. - No, has sido bastante rápido!- corroboró ella y rieron los dos. Jon sirvió las copas y propuso un brindis. - Por la supervivencia.- dijo solemne sin dejar de mirarla a los ojos. - Por la supervivencia.- Respondió ella manteniéndole la mirada. El vino era bastante bueno y frío entraba mucho mejor. Comenzaron con los entrantes y Jon le preguntó por su historia, de dónde venía, qué le había pasado y qué quería hacer. Calíope le contó a grandes rasgos su aventura sin entrar en demasiado detalle. Tuvo cuidado de omitir lo de los misteriosos hombres encapuchados y lo de sus perseguidores. No tenía muy claro por qué lo había hecho pero en su fuero interno pensó que no debía preocupar a Jon con sus miedos y sospechas. Tampoco mencionó a su hermano ni a su familia. De eso Jon se dio perfecta cuenta, pero a él tampoco le resultaba sencillo hablar de ese tema.

Los dos disfrutaron de la comida como en mucho tiempo no hacían. Jon trajo el primero: aguacates rellenos de langostinos con salsa rosa. Eso sorprendió a Calíope y lo felicitó por sus habilidades culinarias. Jon respondió sonrojándose y le restó importancia alegando que eran muy fáciles de hacer. De segundo había descongelado dos entrecottes que fueron ávidamente devorados por los dos, hechos a la plancha junto con su guarnición de patatas y de pimientos verdes todo regado con un buen vino tinto reserva. Cuando Calíope encontró el momento le hizo a él las mismas preguntas.

- Pues verás. Yo era bombero. No te rías, es en serio. Y el día que todo se vino abajo estaba trabajando. Sabes que durante unas horas las noticias eran confusas como unos días antes cuando empezaron a aparecer casos en Africa y comenzaron a sucederse los contagios. Ya no recuerdo dónde fue la primera llamada de ese día. Al ocurrir todo tan de repente el teléfono de emergencias se colapsó en poco tiempo. Nosotros no sabíamos que llamadas atender ya que todas era igual de graves. Muchos de mis compañeros dejaron el servicio y se fueron a sus casas o a los lugares de trabajo de sus parejas, esposas, ... El caos se apoderó de la ciudad peor que en cualquier otro escenario para el que nos hubieran preparado. Accidentes. Muertos. Zombies corriendo por las calles persiguiendo a personas que en breves instantes dejarían de serlo. Saqueos. Robos. Nos centramos en los incendios más grandes para tratar de evitar que se extendieran por la ciudad y toda se viera envuelta en llamas. Pronto nos dimos cuenta de que la situación se había desbordado y de que el resto de servicios de emergencia no daban a basto. Como bombero he visto muchas cosas en mi vida, cosas horribles: en incendios, en accidentes,... Pero lo de ese día aún me persigue por las noches. Unos cuantos y yo conseguimos terminar nuestro turno a duras penas. Caían como moscas. Durante un momento estabas hablando con un policía por la radio y en cuestión de segundos ya no había nadie al otro lado. Sólo se oían gritos y alaridos al otro lado de la radio. Nuestra central está apartada de núcleos urbanos aunque con buena combinación por carretera y eso retrasó que llegaran a la base. Al acabar nuestro turno (no me preguntes porque lo terminamos y no abandonamos nuestros puestos como hicieron los demás para ir con nuestras familias porque no tengo una explicación) cada uno trató de encontrar a su familia. En mi caso sólo tenía a mi hija, Sara. Y cuando conseguí llegar a la guardería ya era demasiado tarde.- A Jon se le nublaron los ojos de lágrimas. Paró su relato y se levantó para ir al baño. - Disculpa Cali, aún lo tengo muy reciente.- Susurró mientras se marchaba del comedor.

Calíope se sintió conmovida por el relato de Jon. Y afligida. No tenía que haberle preguntado o él tendría que haber esquivado esa parte del relato. Se dijo que cuando volviera no le preguntaría más. Hablarían de cualquier otra cosa.

Cuando Jon regresó terminaron de comer y se pasaron la tarde hablando de sus trabajos antes de la infección, de los planes que tenían para el futuro antes de la infección y de anécdotas graciosas de sus trabajos. Como si no hubiera pasado absolutamente nada. Continuaron bebiendo un whiskey añejo que tenía Jon reservado y una botella de ron que le pidió Calíope. Los dos disfrutaron de la tarde jugando divertidos a las cartas y a los dados y apenas se dieron cuenta de que la noche se cernía sobre la ciudad de nuevo.

Preliminares

lunes, 14 de diciembre de 2009


- Bueno, pues aquí está. No es muy grande pero para el tiempo que vamos a estar en él, no tendremos problemas de espacio.- Entraron por un mínimo recibidor que continuaba con un pasillo en forma de L. Justo antes de que el pasillo girara a la derecha, a la izquierda una puerta les llevaba al comedor. - Aquí es donde más tiempo suelo pasar, guardo las armas, el equipo que traslado de casa en casa y bueno, pues paso el tiempo con lo que puedo.- Habían trastos y fardos apilados al principio del comedor, al fondo una mesa baja redonda presidía otra parte del comedor con un sillón y un sofá triple. El televisor apagado en un rincón era mudo testigo de los nuevos inquilinos que tenía la casa.

Continuaron el tour por el piso. -La primera puerta de la izquierda es la cocina. Tenemos de casi todo, aquí almaceno también toda la comida que nos comeremos. (La reserva de emergencia se encuentra en un macuto en el comedor).- Explicó Jon a su invitada. - A continuación está tu habitación. Tuvo que pertenecer a una universitaria por los apuntes, las fotos y los banderines de universidades que hay por las paredes, no obstante puedes sacar lo que no necesites y traerte lo que desees.- Calíope observó la habitación, era bastante pequeña, aunque para dormir sería más que suficiente. - Frente a tu habitación hay un armario empotrado con cosas de la familia y un baño con lavabo y ducha. Puedes usarlo libremente.- Recomendó Jon. - Es perfecto contestó Calíope. - Al fondo del pasillo se encuentra el dormitorio de matrimonio que es donde estoy durmiendo y el baño principal que está dentro a la derecha, tiene bañera y bidé. Mientras preparo la comida podrás darte un baño. ¿Tienes hambre ya?- preguntó Jon con tono paternalista. - La verdad es que sí.- Contestó Calíope. - ¡No se hable más! Pues si te parece mientras te instalas en tu habitación y dejas tus cosas te prepararé el baño y comenzaré a hacer la comida. ¿Te parece bien?- Preguntó sinceramente ilusionado. - Suena genial, la verdad.- contestó Calíope que comenzaba a dejar a un lado sus reparos.

Jon comenzó a llenar la bañera de agua caliente, y sacó de unos estantes sales, jabones y champús, para que Calíope eligiera los que quisiera. - Por cierto, no te he dicho que tenemos luz y agua sin restricciones. Veremos cuanto dura, pero por el momento... - Comentó Jon en voz alta saliendo del baño. - ¡Eso es estupendo!- dijo Calíope.

- Ah! Una cosa más.- Le dijo Jon asomándose por la puerta de su nueva habitación. - Dime Jon.- Se giró Calíope que estaba dejando la mochila en un armario y buscando algo de ropa limpia que le pudiera servir. - La habitación principal tiene pestillo, y el baño también. No voy a molestarte mientras te das el baño y la escopeta no te va a hacer falta. Si la quieres dejar en el comedor no hay problema y si te la quieres dejar en el baño tampoco. Lo entiendo y yo probablemente en tu situación haría lo mismo. Pero aquí estás a salvo, sólo quería que lo supieras. - dijo Jon. - Gracias Jon, lo tendré en cuenta.-

Jon hizo un gesto con la cabeza como asintiendo a la respuesta de Calíope y se fue a la cocina. Comenzó a preparar la comida. Mientras Calíope se encerró en el baño con la escopeta dispuesta a disfrutar de la hospitalidad de Jon. No era nada personal pero prefería bañarse sabiendo que estaba ahí. Cogió un bote casi entero de Badedas y despilfarró bastante mientras se bañaba. Le encantaba el olor de las castañas en el jabón. Le traía tantos recuerdos a su madre. Ella sólo empleaba ese jabón. Y siempre olía de esa manera tan característica. Pasó poco más de una hora en el baño. Y salió relajada y hambrienta con un chandal que sin duda la anterior poseedora de él lo usaría para estar por casa.

Jon había terminado con la comida y la estaba esperando sentado en una mesa larga en el comedor. Tendría que haberla sacado de algún sitio porque antes juraría que el comedor estaba bastante despejado. Había puesto una cubertería de plata preciosa y un centro de mesa bastante florido. Platos de porcelana y copas de cristal de bohemia completaban la puesta en escena. Todo un manjar les aguardaba. - Espero que tengas bastante hambre.- dijo él. - No tenías que haberte molestado. Es todo un detalle Jon. Gracias.- respondió ella. - Te dije que serías mi invitada y como tal te mereces este recibimiento.- En la mesa aguardaban berberechos, navajas, canapés de salmón y de caviar, un amplio surtido de quesos y de fiambres selectos, olivas y una bandeja con varios tipos de pan. - Brindemos y traeré los primeros. ¿Qué prefieres beber, vino, cerveza, o quizá agua?- preguntó atento. - Una botella de vino sería inmejorable.- dijo ella. - Pues vino entonces. Vuelvo en seguida, puedes comenzar mientras.- Jon dejó sola a Calíope en el comedor admirando la mesa y fue a por una botella de vino a la cocina.

Prospecto

domingo, 6 de diciembre de 2009


Subieron despacio los escalones del edificio. Mientras él le iba explicando los pormenores del mismo.
- Básicamente aquí estás a salvo. Es un poco raro pero trataré de resumírtelo lo mejor que pueda. Me dedico a parasitar edificios. - ¿Cómo? -preguntó Calíope contrariada. - Me explicaré, desde que todo estalló he seguido viviendo en la ciudad haciendo oídos sordos a cualquier advertencia. Es un lugar bastante complicado para sobrevivir, como habrás podido comprobar. Así que mi método (me imagino que quedarán más supervivientes empleando otras estrategias distintas a las mías) es ocupar un edificio. Sellarlo. Y limpiarlo. - ¿Y eso que tiene que ver con parasitarlo? - Bueno, básicamente yo soy el parásito. Me introduzco en el edificio y lo parasito hasta que no pueda ofrecerme más de sí. Entonces en ese momento lo abandono y me busco otro. - Entiendo, ¿y cómo se te ocurrió esa estrategia? - Pues reflexionando un poco sobre la situación, la verdad.

No existen protocolos de emergencia para estas situaciones. El mundo no estaba preparado, nadie lo estaba, -interrumpió su narración, como si rememorara algo importante. Fueron segundos pero Calíope captó la inflexión en su discurso, al poco continuó.- así que me imagino que esta situación se sostendrá en el tiempo indefinidamente hasta que aparezca una cura, o nos extingamos o el ejército de algún país limpie el mundo de esas cosas. ¡Por Dios!, si parece que vivamos en una película de serie B. Y eso lamentablemente nos deja en una posición de inferioridad sin precedentes. El problema fundamental al que nos enfrentamos (salvando obviedades) es la falta de recursos. Llegará un momento que nos quedaremos sin comida, no habrá luz eléctrica en ningún sitio, se acabará el combustible para los que sigan usando vehículos, etc... Así que pensé en ocupar edificios. Es más seguro ser itinerante que quedarte en un mismo sitio y volver cada día. La gente tiene víveres en casa, repuestos, cosas útiles, herramientas, ... lo más complicado es aislar y limpiar el edificio, pero con paciencia y mucho cuidado se puede hacer sin problemas. - Calíope no sabía si ese tío que acababa de conocer estaba completamente loco o rematadamente cuerdo. No lo tenía muy claro a decir verdad. Continuaron subiendo mientras hablaban.

- Te explicaré mi sistema.- Calíope asintió. - Este edificio tiene dos verjas que he reforzado, no hay entradas por las alcantarillas ni por un bajo adyacente, y la puerta de la terraza la he atrancado a conciencia. Básicamente sólo saldremos o entraremos nosotros cuando queramos. Tenemos lo de la campanilla para recoger a más supervivientes.- Calíope recordó que había comentado cuando la "recogió" que había funcionado anteriormente por lo menos una vez más. Tomó nota mental para preguntarle por esa ocasión. Y dejó que continuara con su explicación.- El edificio tiene cuatro plantas, cuatro puertas por planta, lo que hacen dieciséis viviendas. Ahora mismo estoy alojado en la catorce. Es la que más luz tiene y da a la calle y al patio interior. Si decides quedarte tendríamos comida para cinco días aproximadamente. Tengo más conservas y latas y alimentos no perecederos pero los usaríamos a largo plazo. A corto plazo hay que consumir todo lo que se pueda pudrir en breve. No hay nadie con vida en el edificio a excepción de nosotros dos. Sí que hay cadáveres.- En ese momento hizo un alto y señaló a una de las puertas del tercer piso. - ¿Ves esa equis de cinta americana en la puerta? - Claro, como no la voy a ver si la cubre por completo.- respondió Calíope. - Es lo que hago cuando termino con una vivienda. Las marco como referencia. Las equis negras indican cadáveres. Procuro ocupar el mínimo posible de casas con ellas. Pero a veces hay demasiados. Las verdes indican que contienen cosas útiles para alguien pero no para mí (lo que me hace falta lo llevo al piso donde vivo). Y las rojas que contienen cosas útiles que no voy a transportar pero en caso de necesidad o de volver a este edificio podría emplear. Mañana por ejemplo podrías ir a ver las verdes y seguro que encontrarías algo de ropa o enseres que podrías utilizar. Y si visitas alguna roja pues podrías encontrar alguna radio o algún bidón de algo inflamable o un extintor.-

- Bueno. Ya hemos llegado. Bienvenida a mi casa.- Abrió la puerta catorce y la invitó a pasar. - Aún no sé tu nombre.- Preguntó ella. - ¡Tienes razón! Disculpa mis modales, pero el aislamiento está afectándoles sin duda. Me llamo Jon. ¿Y tú? - Yo Calíope, pero puedes llamarme Cali. - Un placer Cali. Hoy eres mi invitada y cocinaré para ti. Vamos a celebrar nuestro encuentro con algún que otro manjar. Pasa, te enseñaré el piso. Y después podrás contarme tu historia.

Y los dos entraron en el piso número catorce de una calle de nombre desconocido.

Contacto

lunes, 30 de noviembre de 2009


Calíope había leído el cartel ya tres veces, y todavía no daba crédito a lo que había escrito en él. Era una letra de hombre, grande y vistosa. En apenas unas líneas se leía:

"Si eres un humano, no estás infectado y estás leyendo esto, ¡Enhorabuena!
Coge el extremo del interfono, estira del cable tres veces y hablaremos.
Si suena bien al otro lado te diré donde estoy refugiado y podremos compartir refugio y alimento."

Parecía una broma pesada, no obstante era demasiado tentador como para dejarlo correr. Calíope estiró del cable tres veces y esperó escuchando sin demasiada esperanza con el envase del yogur en la mano. Ajena en la calle el cable subía por la fachada y entraba por uno de los últimos balcones del edificio. Nada más entrar en la vivienda se enroscaba en una campanilla sujetada a una polea. Esta comenzó a tañer. Sorprendido por lo inesperado del sonido tardó en reaccionar. Dejó sus tareas y corrió hacia la ventana de observación desde donde podría espiar a quien tiraba del cable sin ser visto. El invento de la campanilla sólo había funcionado un par de veces con esta y lo cierto es que estaba ilusionado. Miró por la ventana y no pudo más que asombrarse. Era una mujer, una mujer joven la que estaba tirando del cable. Se aclaró la garganta cogió el otro yogur y se dispuso a hablarle a través del hilo que acompañaba al cable.

- ¿Hola? -Comenzó dubitativo. - ¿Sí? ¿Me oyes? -Respondió Calíope.
- Sí, sí, ¿estás bien? ¿estás herida? -Continuó él. - No, no, estoy bien. He leído el cartel y ...
- Lo sé, suena un poco a broma, pero no se me ocurrió una mejor manera de discriminar entre los supervivientes y los infectados. No saben leer, ¿lo sabías? -Preguntó algo inocente.
- Lo intuía. -Dijo Calíope con un tono poco condescendiente.
- Bueno, voy a bajar y subes. Tengo más o menos de todo. No sé cuales son tus planes, pero si quieres te puedes quedar un par de días o bueno no sé el tiempo que quieras. Retrocede unos 50 metros y encontrarás un patio con doble reja. Yo tardaré un poco pero en seguida te abro. Si vienen zombies mientras tendrás que despistarlos. No pienso abrir si algo no va bien o si sospecho algo. Podrás volver a llamar cuando todo se calme. ¿Todo claro? -Preguntó. - Cristalino. -Le cortó ella.

Calíope comenzó a retroceder como le había indicado el desconocido del cartel. Pronto se encontró la verja negra y reforzada con maderas que sin duda habría mejorado él o los habitantes del edificio. Él continuó observándola por la ventana mientras cogía algunas cosas y se vestía con las protecciones habituales. Al cabo de unos minutos que parecieron horas Calípe oyó ruido desde la segunda verja que se entreveía desde los tablones. - ¿Sigues ahí? ¿Estás bien? -dijo él. - Sí, sí, estoy bien, no hay moros en la costa. -Respondió ella ya un poco cansada de tanta murga.

La verja se abrió después de descorrer varios pestillos. -¡Hola! Bienvenida a mi pequeño edificio. ¡Pasa, rápido! Tenemos que darnos prisa.- Calíope entró azuzada por sus indicaciones y atravesó las dos verjas que daban acceso al interior del edificio. El interior estaba cálido, algo más que en la calle. Había un bidón de plástico que contenía un líquido rojo al lado de la segunda verja. El hombre se asomó, inspeccionó los dos lados de la calle y al comprobar que no había nada ni nadie se metió para dentro y cogió el bidón. Lo abrió y comenzó a esparcir el líquido rojo por toda la acera y el espacio entre las dos verjas. -Es vino tinto del malo. Cabezón y además apesta. En anteriores ocasiones he utilizado otras cosas como alcohol, agua oxigenada o lejía. Pero es lo que me queda ahora y creo que también funciona. Los despista y no hace que husmeen por aquí.- Cerró a cal y canto las dos verjas y en silencio se dirigió hacia su piso franco. -Acompáñame por favor. Hoy eres mi invitada.-

Vicisitud

domingo, 29 de noviembre de 2009


Al principio pareció correr desconcertada. Sin rumbo fijo se limitó a zigzaguear entre los edificios: manzana izquierda, manzana derecha, de nuevo izquierda, tratando de despistar a sus perseguidores. Todavía trataba de asimilar lo que había ocurrido esa noche. El sueño premonitorio que la había ayudado a tener una ventaja. Ese ser de nuevo apareciendo en mitad de la noche casi sin poder distinguir sueño de realidad. Por un momento creía que se había vuelto loca. Y que una vez más se encontraba en una pesadilla. Sin duda la soledad le estaba pasando factura. El aislamiento al que se veía forzada la estaba llevando al límite.

Se estaba adentrando en un barrio que no conocía. Sabía donde estaba en la ciudad, en que parte, distancias, referencias, pero no conocía esas calles. Así era fácil caer en un callejón sin salida o quedar atrapada entre varios grupos de zombies. La situación se había ido complicando desde que decidió ir en busca de las personas que quería. No sabía si las podría encontrar, ni tan siquiera si seguían vivas, pero algo en su interior la empujaba a buscarlas. A saber qué había sido de ellas. Después tendrían que huir. Pero antes había que encontrarlas. Mucho antes de eso había que descansar y reorganizarse.

Había pasado ya un tiempo prudencial. Ya hacía tiempo que había dejado de oírlos. Detuvo su carrera y comenzó a caminar. Las calles en ese barrio mostraban la estampa habitual que ya había visto por toda la ciudad. Calles vacías de humanidad, con algún que otro vehículo. Ningún cadáver. Mucha sangre por doquier: en paredes, en portales, en la calle, en la acera. Continuó caminando mientras amanecía. Cuando giró la última esquina que recorrería ese día, la luz del amanecer trajo un halo de esperanza sobre ella. En el medio de un edificio colgaba desde el piso más alto una especie de cable, no podía verlo muy bien desde donde se encontraba. El cable llegaba prácticamente a metro y medio de la acera. En su extremo final había algo enganchado y justo unos centímetros por encima una especie de cartel de cartón.

Para Calíope era como si alguien hubiese escuchado sus plegarias. Se detuvo en seco frente al cartel. Lo leyó y con una sonrisa en los labios cogió el envase del yogur que colgaba del cordón.

Countdown

martes, 24 de noviembre de 2009

Se vistió apresuradamente. Se estaba atando firmemente las zapatillas cuando la puerta de la entrada con todos sus pestillos fue desencajada de sus goznes con una carga brutal. Se ajustó la mochila y cogiendo la escopeta con las dos manos, saltó por la ventana de su cuarto a la galería de la cocina.

En ese mismo momento un zombie pasó por delante de la puerta de la cocina rumbo al comedor, Calíope apuntó a la puerta y disparó justo cuando el que iba detrás del primero se asomaba por la puerta de la cocina. El impacto fue en el hombro y en el cuello, prácticamente le separó la cabeza del cuerpo e hizo que saltara en el aire cayendo de espaldas sobre otro zombie que iba detrás. Doce. Se encaramó al marco de la ventana y apoyando la espalda en el quicio volvió a disparar, esta vez amputó al siguiente desgraciado su pierna derecha, y sangrando cayó al suelo. Once. El infectado siguió arrastrándose pero poco importaba. Se giró y saltó.

Fue a parar al tejado de uralita de la casa del primero. Dando una voltereta aterrizó de cuclillas en medio del patio de abajo. Avanzó hacia la puerta que conectaba el cuartito de la lavadora, de la secadora y del calentador con la casa principal. El corazón se le iba a salir del pecho. La adrenalina y el miedo recorrían sus venas por completo. Era tal la tensión que creía que se le iban a agarrotar las manos sobre la escopeta. Miró hacia el cielo y pudo verlo claramente. Su figura musculosa se perfilaba asomando prácticamente todo el torso por el borde de la terraza al patio de luces. Era él. Era el monstruo que acabó con su vida en aquel sueño no tan lejano. Un terrible escalofrío la sacudió por completo devolviéndola a la realidad. En frente había una puerta de aluminio con bastantes cristales a modo de dibujos. Se giró y disparó contra la ventana por la que había saltado. Reventó la cabeza de un zombie que se estaba encaramando ya para perseguirla hasta abajo. Diez.

Dio gracias por haber elegido la escopeta, ya que se estaba demostrando que en esas distancias era un arma mortal. Pateó la puerta a la altura de la cerradura y el pestillo saltó. Mejor, no quería desperdiciar ningún disparo, en esta situación podría necesitarlos todos. Avanzó rápidamente hacia la oscuridad reinante en la casa, en seguida se hizo patente un olor como a descomposición enclaustrada hace mucho tiempo. Oyó un aullido agudo y pasos corriendo en su dirección. No esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Nueve. El fogonazo del disparo iluminó el pasillo. Una niña infectada y bastante demacrada recibió el impacto de pleno. Prácticamente sin esperarse a que tocara el suelo el amasijo ensangrentado en el que se había convertido, continuó por el estrecho y largo pasillo que terminaba en una habitación al fondo por donde habría venido seguramente corriendo la niña y a la izquierda parecía desembocar en...

Un siseo agudo de nuevo y pasos apresurados desde la izquierda. Ocho. El disparo alcanzó a la madre en un costado y la lanzó contra el mueble del comedor. El impacto hizo que unas cuantas figuras de porcelana y algunos libros de una enciclopedia cayeran encima del cuerpo de la madre. Todavía se movía y sin duda se acabaría levantando pero tenía que salir del edificio. No sabía cuánta ventaja les llevaba a los que iban por detrás de ella. Se desvió bordeando una mesa y llegó al balcón.

Las ventanas estaban cerradas y las cortinas echadas. Se apresuró en abrirse paso, no se molestó en cerrar la puerta del balcón tras sí. Se asomó a este. Estaba a escasos tres metros del suelo. Debajo del balcón un poco escorada había una furgoneta aparcada. No se lo pensó ni un segundo. Se subió al borde de la barandilla y saltó. La caída abolló el techo de la furgoneta pero no se hizo ningún daño. Bajó rápidamente rodando sobre sí misma y cayendo por el lado más alejado de la acera. Se acercó rápidamente a la moto para poder largarse de allí echando leches. A pesar de su celeridad para abandonar el piso ya era demasiado tarde. Varios de esos zombies estaban alrededor de su moto, olisqueándola e incluso mordiendo alguna de sus partes. Se acerco un poco más hasta que tuvo la linea de fuego despejada.

Siete. La moto explotó en mil pedazos. Lanzó los cadáveres de los zombies que estaban custodiándola a varios metros de distancia. Ya no había marcha atrás. Se giró y comenzó a correr por el medio de la calle. Comenzó a recargar la escopeta mientras miraba por dónde iba a continuar. Tenía que despistarlos, tenía que alejarse de allí a toda prisa y poner tierra de por medio. Recordó una conversación que había mantenido con otro de sus ex. Era un fanático del deporte, de la lucha más bien. Una vez se pasó toda una tarde explicándole como su instructor les recalcaba una y otra vez que en un combate, pasara lo que pasase había una cosa que tenían que hacer siempre. No olvidarse de respirar. Advirtió en ese momento que le faltaba el resuello. Tanta tensión y tanta adrenalina le habían hecho contener la respiración en cada disparo, en cada movimiento que había emprendido. No iría muy lejos si no recuperaba el aliento. Mira que había gente simple en el mundo, reflexionó. Por lo menos eso era antes.

Calíope corrió con un único pensamiento en su cabeza. Tenía la sensación desde que había entrado en la ciudad, de que un estrecho cerco se iba cerrando sobre ella.

Titania

miércoles, 18 de noviembre de 2009


Era una noche cerrada. La lluvia y las nubes se habían disipado hacía un par de horas. La luna daba al barrio la única iluminación posible. Desde las azoteas desiertas se divisaban en la lejanía ciertos cuadrantes en los barrios de la ciudad que disponían de luz. Afortunados ellos que aún poseían electricidad si es que quedaba alguien con vida para disfrutarla. En ninguna otra situación el ser humano sería tan consciente de lo que significaba tener algún bien básico garantizado. Por otra parte era una estampa bonita si no sabías a qué era debida. La ausencia de contaminación lumínica dotaba a la noche y a las estrellas de una belleza inusual. De improviso algo captó su atención, un movimiento, sutil al principio, poco después demasiado obvio. Habían decenas de esas criaturas dispersas, agazapadas, corriendo por las azoteas, rastreando, olfateando, observando por los patios de luces de los edificios. Parecían ir en búsqueda de algo.

Al cabo de un rato una de ellas pareció encontrar algo. En uno de los patios de luces donde se asomó había una ventana abierta. Una ventana que daba a una galería. Una galería que tenía un calentador encendido. Esa llama azulada era una prueba de lo que buscaban. Se giró y comenzó a saltar. Emitía gruñidos, jadeos, y hacía aspavientos con los brazos para llamar la atención de alguien.

Al cabo de unos minutos de tensa espera varios de esos seres comenzaron a correr y a tratar de señalar al que había encontrado algo. Simultáneamente en lo alto de una buhardilla, agarrado a los cables tensores de una antena de televisión permanecía impasible un no-muerto apolíneo. Escrutaba el horizonte con determinación absoluta, como si leyera en la oscuridad alguna profecía sobre su futuro. A los pocos minutos captó su atención un movimiento cercano. Con un gesto de su enorme mano hizo que cesaran las señas. Saltó de lo alto de la construcción al firme de la terraza y comenzó a avanzar con paso decidido. Iba directamente hacia la terraza donde habían encontrado algo. El resto mientras tanto se arremolinaban expectantes alrededor del explorador que había hecho el hallazgo.

Cuando llegó al borde del patio de luces quiso comprobar con sus propios ojos que era lo que habían descubierto para él. Al ver la llama azul, sus ojos se encendieron. Levantó el brazo y señaló a la puerta que daba acceso al edificio desde la terraza. Era una puerta de madera bastante carcomida. Apenas aguantó dos embestidas de la jauría de monstruos que acababa de enviar escaleras abajo.

Era la hora de ponerse en marcha. Una suave brisa penetró a través de la ventana de Calíope y le rozó el rostro.

Calíope despertó sobresaltada, ya sabía ...

... que venían.